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LAS NUBES PASAN
Luca Alinari
Todavía había minicamarones en los torrentes de nuestros Apeninos.
Y algunas veces dejaba de pintar para salir de la ciudad y remontar, ya a pie, la corriente: era otro modo de pintar, de proyectar las formas del cuadro.
No hablo de los bogavantes de río: pequeñas langostas que, si se tienen ganas, todavía se pueden encontrar en la parte alta, alta, hacia los manantiales. Diseminadas y reducidas, arrastran dos grandes pinzas salpicadas de azul.
No, hablo exactamente de los minicamarones. Pequeños como una uña, vivían agrupados en los remolinos de las pequeñas cascadas: en su agua cristalina eran transparentes y, por lo tanto, invisibles. Como muchas cosas que están o no están.
Algunas veces me llevaba una caña de pescar. No para pescar, sino para enredar el sedal, nervioso y malsufrido como yo era, en los matorrales que me iba encontrando. Y si no había matorrales, en mí mismo.
Entonces también mantenía rigurosamente inconscientes e invisibles todas las ideas y todas las convicciones que pudiera tener sobre la pintura y sobre el hecho de pintar. Cosas en las que intentaba no pensar, me confiaba, más bien, a la corriente de los colores. Pero ésa es la cuestión: ¿cuáles colores?
(Muchos años atrás –yo era casi un niño– el pintor Gaetano d’Amico me había dicho mientras me mostraba un puñado de tierra oscura: “Mira bien. En la tierra hay azul, hay rosa, hay rojo. Mira bien.”)
El agua corría junto a la calzada asfaltada hacía poco. Un hilo de corriente silencioso y rápido que formaba pequeños lagos y profundas lamas arenosas.
Debí de aparcar el pequeño utilitario. Debimos de acercarnos al arroyo de alguna manera. Desde un rincón entre dos colinas, los rayos de sol estival de mediatarde alcanzaban una charca inmóvil de cristal.
A su alrededor: una casa derribada, un gran roble, una colina boscosa.
Siempre es fantástico acercar el rostro a la superficie del agua y permanecer así, largos minutos.
Los rayos del sol se movían cambiando gradualmente su inclinación y, gradualmente, todo en aquel punto tibio del torrente cambiaba: la forma de las algas, la intensidad del verde.
Después, apareció.
Allí donde antes no estaba, apareció (como inventado por la luz-sombra) un enjambre de minicamarones atónitos.
Era yo, por aquel entonces, un espabilado gamberro y sabía que la cosa iba a durar poco.
Tumbado sobre la orilla, lentamente, sumergí el rostro y después toda la cabeza.
Los minicamarones se desplazaron hacia la superficie: ahora me encontraba yo más abajo.
Abrí los ojos dentro del agua y, levantando la mirada, pude verlos sobre el confín plateado.
Creían ser todavía invisibles y no se movían. La idea era acercar el rostro al enjambre y dejar que los animalillos, al nadar, me pincharan las mejillas, la frente…
Pero, con un breve impulso, un camarón algo más grande se puso de perfil entre el hilo de agua y yo. Después se detuvo.
Dentro de su cuerpo, a mitad del abdomen, entre las patitas y la cabeza, apareció una cosa. Una especie de halo colorado y palpitante. Un poco redondo, un poco oval.
Pensé en un órgano interno: el estómago, o el corazón, tal vez. Me acerqué más. Miraba a través de la niebla esmerilada del agua: aquel halo vibrante contenía una imagen. Una visión que aparecía y desaparecía y que palpitaba con los latidos de su corazón.
Aquella imagen era un paisaje.
Y el paisaje era el de fuera, de alguna manera reflejado ahí, en las vísceras y la gelatina de un minicamarón de río.
Estaba la casa derribada, el gran roble, la colina boscosa, el rincón de cielo y de nubes. Hundidos en la “papilla” orgánica del animalillo, los colores del exterior resplandecían con viveza.
(A través de la ventana entrecerrada, la lámpara mágica de Canaletto “proyectaba” sobre el lienzo de la habitación oscura la “vista” de una calle de Venecia o de la isla de San Giorgio.)
Las pequeñas superficies reflectantes debían de estar ahí, a mi alrededor, submarinas.
Tal vez la “vista” de la colina se reflejaba sobre el cuerpo de otros minicamarones. Y saltaba, por así decirlo, de uno a otro.
El animalillo se movió con un impulso, la minúscula película se desvaneció con todas las nubes. Desapareció el enjambre, el torrente, los compañeros de colegio, todo.
Como astros de una constelación irrepetible, los tres o cuatro minicamarones se habían encontrado en el punto y en el momento exacto para realizar una lámpara mágica en el pequeño abismo donde yo estaba.
Hagamos lo que hagamos (supermercado, semáforo, autopista), siempre es otro modo de pintar.
Todavía hoy, cada vez que paso sobre un puente tengo la tentación de pararme, de escuchar el fuerte sonido de la corriente.
Son invisibles.
Luca Alinari expone, del 19 de febrero al 20 de marzo de 2009, en la Galería Luis Burgos
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