El Lotófago
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  Eduardo Vega de Seoane. Campos de fuerza
  El Dibujo
  Ana Vidal Egea. Libro de las mentiras
  Jordi Doce: La voz y el sentido. Por Andrés Sánchez Robayna
  Jordi Doce: los senderos de una vocación. Por Marta Agudo
  Jordi Doce: Poemas
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  El fin del gusto o el universo mental «duchampiano», por V. Combalía
  El triunfo de la pintura, por Alison M. Gingeras
  Sobre el color, por Luis Gordillo
  Sobre la pintura, por Luis Gordillo
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  Damien Hirst. El último movimiento del tiburón
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EDUARDO VEGA DE SEOANE
Campos de fuerza

Eduardo Vega de Seoane

Mientras elaborábamos la nota biográfica de Eduardo Vega de Seoane para una anterior exposición me llamó la atención el relato que el artista hacía de sus viajes y, especialmente, el de su experiencia como profesor de baile. En un principio esa anécdota me pareció superflua, y así se lo hice saber; no obstante, Eduardo insistió en que el dato permaneciese, y no se volvió a hablar del tema.                        
           
Hoy, más de dos años después, reflexiono sobre su pintura y me doy cuenta de que aquel hecho, que me pareció banal, es parte importante de su trabajo de artista, pues el ritmo y la armonía son su mejor arma de expresión.

            Si observamos su pintura vemos su lucha para evitar siempre lo superfluo −nada que sea superfluo permanece en el lienzo− y conseguir la elegancia. Las dos cualidades, sencillas de formular pero de una dificultad extrema de llevar a cabo, se realizan aquí con falsa facilidad. No obstante, un observador atento podrá descubrir en sus telas un equilibrio atrayente y críptico, a la vez que una notoria hostilidad. Esa reserva distante y esa voluntad irreducible, que se muestran con una apariencia afable, son muestra de su carácter y del carácter de su obra. En ella, dicha afabilidad se realiza a través del uso del color: su matizada gama nos seduce, pero luego el lienzo rechaza nuestra comprensión sin violencia pero con firmeza. Los campos de cpintura Vegaolor sabiamente colocados sirven al artista para organizar el espacio, armónico y misterioso, y tan sólo a través de las grafías a modo de arabesco se delata la presencia intelectual de su creador. El trabajo surge espontáneo del vaciamiento de la voluntad, de acción que deja que sea su instinto el que obre, con el fin de que su acción más importante sea la de evitar que medie el pensamiento en la ejecución de sus obras. Es de esta forma como Vega consigue que la emoción libre cree un espacio estético único y singular. No sé por qué sus obras, de una forma vaga, siempre consiguen evocar en mí el ascetismo del arte japonés, es decir, algo que tiene que ver, más que con su apariencia estética, con la pura sensación que me producen los paisajes de Chikanobu y Hokusai o las bellezas de Utamaro. Quizá el motivo es que todos ellos presentan una tenaz oposición a que el espectador se los apropie, al igual que la resistencia de dos imanes que se rechazan oponiendo sus campos de fuerza.

 



 

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EDUARDO VEGA DE SEOANE
Campos de fuerza

Eduardo Vega de Seoane

Mientras elaborábamos la nota biográfica de Eduardo Vega de Seoane para una anterior exposición me llamó la atención el relato que el artista hacía de sus viajes y, especialmente, el de su experiencia como profesor de baile. En un principio esa anécdota me pareció superflua, y así se lo hice saber; no obstante, Eduardo insistió en que el dato permaneciese, y no se volvió a hablar del tema.                        
           
Hoy, más de dos años después, reflexiono sobre su pintura y me doy cuenta de que aquel hecho, que me pareció banal, es parte importante de su trabajo de artista, pues el ritmo y la armonía son su mejor arma de expresión.

            Si observamos su pintura vemos su lucha para evitar siempre lo superfluo −nada que sea superfluo permanece en el lienzo− y conseguir la elegancia. Las dos cualidades, sencillas de formular pero de una dificultad extrema de llevar a cabo, se realizan aquí con falsa facilidad. No obstante, un observador atento podrá descubrir en sus telas un equilibrio atrayente y críptico, a la vez que una notoria hostilidad. Esa reserva distante y esa voluntad irreducible, que se muestran con una apariencia afable, son muestra de su carácter y del carácter de su obra. En ella, dicha afabilidad se realiza a través del uso del color: su matizada gama nos seduce, pero luego el lienzo rechaza nuestra comprensión sin violencia pero con firmeza. Los campos de cpintura Vegaolor sabiamente colocados sirven al artista para organizar el espacio, armónico y misterioso, y tan sólo a través de las grafías a modo de arabesco se delata la presencia intelectual de su creador. El trabajo surge espontáneo del vaciamiento de la voluntad, de acción que deja que sea su instinto el que obre, con el fin de que su acción más importante sea la de evitar que medie el pensamiento en la ejecución de sus obras. Es de esta forma como Vega consigue que la emoción libre cree un espacio estético único y singular. No sé por qué sus obras, de una forma vaga, siempre consiguen evocar en mí el ascetismo del arte japonés, es decir, algo que tiene que ver, más que con su apariencia estética, con la pura sensación que me producen los paisajes de Chikanobu y Hokusai o las bellezas de Utamaro. Quizá el motivo es que todos ellos presentan una tenaz oposición a que el espectador se los apropie, al igual que la resistencia de dos imanes que se rechazan oponiendo sus campos de fuerza.