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No es cierto. Lo que buscaba en estas líneas era que el protagonista mostrara sus ideas sobre la pintura, lo que cumplió con insólita disciplina. El resto es vanidad o pedantería profesional. Aquellos tres folios que escribió, y que se publicaron en Babelia, explicaban todo lo necesario e indispensable para conocer al donostiarra, incluida su referencia a que “la catedral de Cuenca es como una de esas mujeres que no son muy guapas pero que las tienes cariño”. En esta ocasión recurre a Picasso para explicar que “la pintura es como la mujer: hace de uno lo que quiere”. Cualquiera que conozca personalmente a Bonifacio sabe que la mujer es lo que justifica su propia existencia, que sin ella su vida no tendría sentido y que por lo tanto ese maravilloso combate con el lienzo, o con la vida, sería absurdo, es decir, no sería. La mujer es tan importante para él que es capaz de inventarse, o recordar, una frase de Picasso para darle una innecesaria pátina de respetabilidad. En todo caso aquí encontrará el lector algunas reflexiones de Bonifacio, libres por innecesarias de las inicialmente previstas preguntas, en torno a la pintura, al proceso creativo, a los viajes interiores, a la forma y el color, en suma, a todo aquello que le anima y estimula para el combate cotidiano en un campo de batalla que puede adoptar indistintamente la forma de un ruedo, de un lienzo o de unas faldas, en el que sólo se sobrevive con arte y valor. “La verdad es que siempre me preguntan cuándo decidí hacerme pintor y nunca lo decidí. Desde muy pequeño siempre estaba haciendo cosas. Con ocho años mi madre me metió en un colegio interno para huérfanos de guerra. No era buen estudiante. Los números y esas cosas no me entraban pero el dibujo me gustaba mucho; siempre dibujaba por todos los sitios. Cuando había que salir a la pizarra a dibujar la maestra no lo dudaba y me llamaba a mí. Me acuerdo que un año nos mandaron a todos los chavales del colegio hacer un Nacimiento de escayola y con los objetos que encontrábamos por las calles del pueblo. El colegio estaba en Vidania, a treinta kilómetros de San Sebastián, Guipúzcoa, en plena montaña. Así que el Nacimiento lo hicimos con botes, ramas de árboles, todo lo que encontrábamos lo recogíamos para hacer las figuras. Yo me daba cuenta de quedaba vez había menos compañeros conmigo hasta que me quedé solo haciendo el Nacimiento. Creo que la profesora notó que me lo pasaba muy bien haciendo estas cosas y me dejó con el Nacimiento en vez de estudiar”. |
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“Pienso que lo de hacerme pintor lo decidieron los demás. Cuando estaba en la Marina, en el servicio militar, tuve una novia que me convenció de que tenía talento. Más tarde, cuando dejé la Marina, entré a trabajar en el taller de pintura industrial de José Garmendia. En cierta ocasión, pintando las paredes del Hotel Londres, en San Sebastián, me fijé en unas copias de esculturas griegas que decoraban los pasillos y me puse a dibujarlas pues siempre llevaba un cuaderno de apuntes en el bolsillo. Un día, cuando estaba haciendo uno de esos dibujos de las esculturas, no me di cuenta de que el patrón me estaba observando. Terminado el dibujo me llamó. Pensé que me despediría del trabajo pero me dijo que se lo mostrara. Lo miró con atención y al rato me citó en el taller al acabar la jornada. Me llevé una gran sorpresa al decirme lo mismo que mi maestra y mi novia: que tenía mano o talento para el dibujo”. “Seguí los consejos de estas personas y entré en la Escuela de Artes y Oficios de San Sebastián. No duré mucho tiempo al no seguir las normas del profesor de dibujar las figuras de escayola a su tamaño, centrándolas en el papel a un centímetro de la parte de arriba y de abajo. Hice unas cuantas al carboncillo y difumino, como se solía hacer en la época, pero luego me aburría y las hacía a mi aire. Dibujaba un pie, una cabeza, una mano, total que me dijeron que si seguía de esa manera que no volviera. Y no volví. Lo curiosos es que yo pensaba que lo de que no volviera me lo iba a decir el patrón del taller de pintura donde trabajaba y resulta que me lo dijo el profesor de Dibujo de Artes y Oficios”. “Nunca he vivido el placer de la pintura ni la considero, como dicen muchos pintores, un divertimento. Para mí es un combate, un conflicto importante. Yo vivo la sensualidad de la pintura de otra forma. Es como una ceremonia dramática. El cuadro es un objeto que te da vida o te la quita y, al igual que los toros, deja huellas. La pintura también deja cicatrices. Creo que en pintura el gusto al deleite es algo peligroso. Yo no creo en esos pintores que van felices y exitosos por la vida. En el fondo pintar es pasear por lo equívoco, por lo oscuro, para encontrar otras posibilidades. Más que el éxito del momento lo que a la larga importa es la resonancia de la obra. El artista debe desaparecer detrás de la obra. Cuando se habla más del pintor que de la pintura es que algo no funciona”. “Para mí la educación de la vista es muy importante. Hay que observar continuamente todo lo que te rodea. Esto me sirve como método de trabajo para componer formas y colores. Yo concibo la pintura como una forma de conocer el mundo exterior y de conocer las relaciones entre las formas y los colores, unas relaciones que no se pueden explicar nada más que a través del lenguaje de la pintura”. “El sentimiento en un cuadro se da cuando se pueden ver de un golpe los diferentes elementos que lo componen, cuando se puede obtener una claridad visual equivalente a la que opera en el ojo cuando concentramos nuestra visión en un punto determinado, con lo que lo percibimos de una manera más clara que al resto de los objetos que lo rodean. Nuestros ojos perciben continuamente una realidad amplia. La clave de la pintura, o su problema, consiste en reducir esa amplitud a un solo momento visual, siento esto la condición de la unidad del cuadro. Creo que la pintura tiene una finalidad, o tiene que alcanzarla: el conocimiento del mundo exterior a través de la visión”. “Nunca he tenido un sistema fijo para nada, y para pintar, menos. Muchas veces tengo en la cabeza una idea para una pintura pero estoy haciendo otra. Esa idea la voy retrasando y llega un momento que la veo más clara: es cuando me meto a pintar. El resultado es que la idea que tenía en la cabeza se parece al cuadro como un huevo a una castaña. Lo perfecto sería que se estableciera un circuito entre la idea, el brazo, la mano y la tela, pero no es así. Recuerdo una frase de Picasso que lo resume estupendamente: ²La pintura es como la mujer. Hace de uno lo que quiere². Yo nunca he tenido una teoría fija. En el día cambio de idea unas cuantas veces, como en la pintura. Pinto y borro, borro y pinto. Tengo un cuadro que lo habré pintado unas quince veces. Me hubiera gustado ponerle las fechas al darlo por terminado. Bueno, es una forma de hablar porque creo que los cuadros no se terminan, se abandonan. En otras ocasiones al borrar una tela resulta que te paras a la mitad y ves un cuadro que está casi resuelto, y en un par de horas solucionas el laberinto. En resumidas cuentas eso es la pintura: un gran laberinto”. “Muchas veces veo en algunos cuadros figuras que me gustaría convertir en pequeñas esculturas en barro. Esta idea me persigue desde hace años. Me gusta cambiar de medios o fórmulas de trabajo. Creo que es un ejercicio que va muy bien para amanerarte y por este motivo suelo trabajar grabados o aguafuertes. Tengo la suerte de que mi vecino y amigo es Antonio Gallo, que es un maestro de la litografía en piedra. Creo que en España hay muy pocos talleres que trabajan la litografía tradicional sobre piedra. Hace años también hice bastantes collages y últimamente me rondaba por la cabeza el volver a hacerlos, y ahora estoy trabajando en ello, pegando papeles y dibujos”. |
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“Para mí empezar un cuadro es una aventura que no sé hasta dónde me conducirá. Si lo supiera por adelantado ya no sería una aventura. Creo que la obra de arte es cautivadora precisamente por su carácter de aventura, de combate entre el pintor y los materiales que utiliza, y por no saber nunca de antemano hacia dónde conduce esa aventura. La pintura es una actitud de vida y tendría que lanzarme a un psicoanálisis profundo para saber de dónde me vienen todas estas cosas. No lo he hecho porque me gusta convivir con mis fantasmas. Existe una especie de intranquilidad y de sensibilidad que intentas manifestar a través de algo tan tonto y maravilloso como es untar de pintura un papel y empezar una aventura que te lleva a inventar mundos y hacerlos visibles a los demás. La experiencia profunda de la pintura es el placer óptico. Más allá de esto se puede entrar en un análisis racional pero siempre será a posteriori”. “Todo son sensaciones contradictorias porque creo que el hecho creativo surge de una contradicción. Desde la razón no me explico cómo se puede pintar un cuadro. Pintar y borrar. Me he dejado seducir, me he dejado arrastrar. Es uno de los sinos de la aventura artística. Todavía soy de los que comulgan con la idea de que la pintura es una forma de conocimiento. Yo creo que no se puede crear una obra sin una experiencia vital interior que la respalde. Lo que llamamos calidad de una obra es su condición enigmática. Ahora siento que las cosas están fluyendo y que la estrategia es hacia dentro. Todo esto es una consecuencia, es un efecto no una causa. Y creo que esto ha sido un poco el drama que hemos vivido en los ochenta. Y en estos momentos finales de los noventa sigue pasando. Creo que en el mundo artístico hay un cierto olor a naftalina porque se ha olvidado uno de los ritos más bonitos que tuvo el siglo XX: la libertad creativa. Se ha vuelto a una manera de hacer que a mí personalmente no me ha estimulado nada, aunque, evidentemente, sí ha facilitado un mercado a una serie de decoradores y decoradoras. Pero lo dramático es que se habla de pintores y no de obras. La mirada no es limpia. No puedes mirar cara a cara a la pintura porque siempre te encontrarás al pintor en medio”. “Si la gente entrara de verdad en las propiedades de la música, de la poesía, de la pintura, el mundo sería más rico; irías por la calle y la gente se miraría de otra forma, sería distinta. Creo que en alguna manera la pintura es el rastro del caracol, la baba que deja tras de sí el caracol”. “Me he dado cuenta de que mi obra y mi personaje crean confusión y que, en alguna medida, en el panorama español se me ha dado de comer aparte. Pienso que la pintura tiene un quehacer lentísimo y no puedes acelerarte, sobre todo no puedes dejar que te aceleren. No quiero decir que esté en lo cierto en todas estas consideraciones. Reconozco que he cometido cantidad de errores, afortunadamente, y los seguiré cometiendo aunque intento arreglarlos”. “Me doy cuenta que a pesar de mis observaciones sigo con la puñetera fidelidad a mí mismo. ¿Y cuál es el eje de esta fidelidad? La posibilidad. ¿Y cuál es el drama de esa fidelidad? La impotencia. La imprudencia nunca es un drama. ¿Qué se ha hecho con el mundo para que los que lo pintamos lo expresemos así? La imagen me sobrecoge. No puedo pasar por delante de un De Kooning, de un Picasso o de un Miró sin estremecerme. ¿Es nuestra última aventura? ¿Acaso la influencia del arte africano nos remite a un proceso de génesis o de síntesis a finales del siglo XX, o un regreso a no se sabe qué? ¿Si la expresión del cuerpo humano a finales de este siglo es ésta, qué se ha hecho del mundo para que lo representemos así?”. |
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“La gente siempre suele hablar de la belleza pero ¿qué es lo bello? En pintura hay que hablar de problemas. Los cuadros nos son otra cosa que investigación y experimentos. Yo nunca me pongo a pintar una “obra de arte”. Todos mis cuadros son investigaciones, problemas, dudas, inseguridades, y en esta búsqueda hay un desarrollo lógico y una incertidumbre. En cuanto te detienes vuelves a empezar otra vez desde el principio. Puedes dejar de lado un cuadro y pensar que no lo vas a tocar más pero nunca podrás pensar que es definitivo”. “La mejor manera de encontrar imágenes, de encontrar una obra, es perdiéndose. Perderte es la mejor manera de encontrar otra realidad, otra verdad, otro paisaje, un paisaje profundo de la pintura que me interesa mucho más que los paisajes reales. De todas manera todos esos escenarios sin la gente serían desiertos, no serían nada. También es verdad que la memoria y la edad hacen que me cueste más perderme porque tengo más referencia que son difíciles de olvidar. El concepto de viaje ha cambiado. Puedes viajar de muchas maneras pero el viaje romántico se ha perdido. Ahora el que me interesa es el viaje profundo a la pintura, una larga travesía en la que me siento un profano. Digerir la obra es un proceso lento. Siempre he estado metido en patochadas que acababan a las ocho de la mañana, o a las once de la mañana. Ahora estoy más tiempo en el taller trabajando. Es mi viaje actual”. |