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Artículo aparecido en The Economist el 8 de febrero de 2001

Como la mayoría de los negocios de éxito, el imperio de Damien Hirst se basa en una marca fuerte y en una eficiente maniobra industrial

En subasta, las obras de Damien Hirst no llegan a los precios de los maestros modernos. Una de sus pinturas de hileras de puntos de diferentes colores, salió en subasta en Sotheby´s de Londres el 7 de febrero por 220.000 libras, mientras que la obra de Lucien Freud “Large Interior W11” –la pintura más cara de un artista británico vivo- alcanzó los 3,3 millones de libras en 1998. Como hombre de negocios, sin embargo, el señor Hirst, la fuerza motora del movimiento del BritArt, es inalcanzable.

Llegar a ser una marca es una parte importante de la vida”, dice el señor Hirst. “Es el mundo que vivimos”. La feliz conjunción de una marca fuerte con una amplia variedad de productos, la mayoría de ellos de bajo coste, le reporta márgenes envidiables.

El señor Hirst, de 35 años, hijo de un vendedor de coches de segunda mano de Leeds, comprendió pronto que la publicidad era el camino para construir su marca. En 1988, con 22 años, organizó Frieze, una exposición suya y de sus compañeros de segundo curso del Goldsmith’s College de Londres, cortejando tanto a coleccionistas como a la prensa.

Maestro del espectáculo, Hirst asegura que raras veces está fuera del ojo público, y es el único artista británico contemporáneo en recibir el mismo reconocimiento y riqueza que futbolistas y estrellas del rock. Un gran atasco rodeó la inauguración de su exposición en la galería Gagosian de Nueva York el pasado septiembre, donde los coleccionistas pagaron un total de 11 millones de dólares por las 31 piezas expuestas, incluida “Himno” –un modelo anatómico de bronce pintado de 6 metros de alto- comprada antes de la inauguración por su mecenas, Charles Saatchi, por 1,5 millones de dólares.


La faceta de empresario del señor Hirst habría sido inaceptable en un artista británico sólo una generación antes. Comercializar tu propia obra –por no hablar de cómo convertirte en multimillonario- habría sido considerado vulgar. Pero ahora Gran Bretaña es un lugar más hortera. Michael Craig-Martin, un artista americano y tutor en el Goldsmith’s, sostiene que “la sociedad inglesa es tan violenta, abierta y vulgar como lo era en el siglo XVIII, y Damien es parte de ello”.

Los precios del señor Hirst mandan, y sus volúmenes de venta son testimonio del poder de su marca. Los expertos calculan que los precios de algunas de sus obras más conocidas se han multiplicado por 100 en una década. Jay Jopling, marchante del señor Hirst en Londres, ha vendido casi 300 mariposas y “spin-paintings” (“pinturas centrífugas”). Los coleccionistas no han dejado escapar entre 400 y 500 “spot-paintings” (“pinturas de puntos”), que el señor Jopling vende ahora hasta por 200.000 libras, dependiendo del tamaño. Una “pintura de puntos” de 20 por 20 centímetros está en venta ahora en su galería, White Cube, por unas 20.000 libras. Para los que tienen presupuestos bajos, una impresión fotográfica de una “spot painting” titulada Valium se está vendiendo por 2.500 dólares, en edición de 500, en Eyestorm.com. “Encuentro las piezas tristes, o alegres, o incluso tontas. Creo que siempre las haré”.


Mientras tanto, su primer libro, “Quiero Pasar El Resto De Mi Vida En Todas Partes, Con Todo El Mundo, Uno A Uno, Siempre, Para Siempre, Ahora”, publicado hace tres años, ha vendido 27.000 ejemplares, a 75 libras cada uno. Una copia firmada vale 300 libras. La demanda por cualquier cosa de Damien Hirst es tan grande que incluso las invitaciones de la inauguración en la Gagosian (un pastillero diseñado por Hirst que contiene información de la exposición) han sido vendidas en el sitio de subastas de eBay.

El señor Hirst realmente no hace mucho más. Han quedado atrás los días en que se agitaba ruidosamente en un tanque inyectando formaldehído a un tiburón tigre (muerto) para crear “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo”, la obra que le convirtió en estrella. La única pieza de la exposición de la Gagosian de Nueva York en la que Hirst puso una mano era una pintura inacabada en una caja de cristal llamada “Concentrado en un autorretrato como farmacéutico”.

Como Andy Warhol en los 60, el señor Hirst tiene ahora una pequeña fábrica que convierte sus ideas en realidad. El señor Hirst emplea a diez artistas a tiempo completo en dos estudios del sureste de Londres, con un tercero en Gloucestershire. Su hermano, Bradley, también se ha puesto a su servicio.


Bradley pasó meses trabajando en “El vacío” –un armario contenedor de 5.000 pastillas hechas a mano con plomo, estaño, peltre y plástico expuesto en Nueva York. Hay tres más en proyecto, junto con la última adquisición del señor Saatchi: un armario de cristal con agua en su interior y que contiene una mesa ginecológica y 300 peces raros nadando alrededor. Frank Dunphy –un antiguo contable de teatro a quien Hirst conoció en un pub- actúa como gestor comercial del artista, dirigiendo la exposición desde una oficina de Bloomsbury llamada “Science”.

Sin embargo, el señor Hirst se aventuró en el negocio de un restaurante de Londres con mucho menos éxito. “Pharmacy”, un restaurante de Notting Hill –cuyo concepto y decoración (esqueletos colgantes, armarios de medicamentos con puertas de cristal y frascos de química llenos de brillantes líquidos coloreados) son del señor Hirst y cuyos beneficios comparte –perdió 1,5 millones de libras en la primera mitad de 2000. Pero el señor Hirst sin duda no tardará en encontrar avenidas más rentables para la ampliación de su marca.

Los críticos del señor Hirst sugieren que la distancia entre sus obras de arte y las meras transacciones comerciales es muy estrecha –que algunas de sus imágenes (incluidas sus ubicuas “spot paintings”) han sido recicladas hasta el sinsentido. El señor Hirst argumenta que no han captado la idea. “La mano del artista no es importante”, mantiene. “Lo que tratas es de comunicar una idea”. Qué afortunado el señor Hirst, que sus convicciones artísticas y sus intereses comerciales sean tan coincidentes.

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Artículo aparecido en The Economist el 8 de febrero de 2001

Como la mayoría de los negocios de éxito, el imperio de Damien Hirst se basa en una marca fuerte y en una eficiente maniobra industrial

En subasta, las obras de Damien Hirst no llegan a los precios de los maestros modernos. Una de sus pinturas de hileras de puntos de diferentes colores, salió en subasta en Sotheby´s de Londres el 7 de febrero por 220.000 libras, mientras que la obra de Lucien Freud “Large Interior W11” –la pintura más cara de un artista británico vivo- alcanzó los 3,3 millones de libras en 1998. Como hombre de negocios, sin embargo, el señor Hirst, la fuerza motora del movimiento del BritArt, es inalcanzable.

Llegar a ser una marca es una parte importante de la vida”, dice el señor Hirst. “Es el mundo que vivimos”. La feliz conjunción de una marca fuerte con una amplia variedad de productos, la mayoría de ellos de bajo coste, le reporta márgenes envidiables.

El señor Hirst, de 35 años, hijo de un vendedor de coches de segunda mano de Leeds, comprendió pronto que la publicidad era el camino para construir su marca. En 1988, con 22 años, organizó Frieze, una exposición suya y de sus compañeros de segundo curso del Goldsmith’s College de Londres, cortejando tanto a coleccionistas como a la prensa.

Maestro del espectáculo, Hirst asegura que raras veces está fuera del ojo público, y es el único artista británico contemporáneo en recibir el mismo reconocimiento y riqueza que futbolistas y estrellas del rock. Un gran atasco rodeó la inauguración de su exposición en la galería Gagosian de Nueva York el pasado septiembre, donde los coleccionistas pagaron un total de 11 millones de dólares por las 31 piezas expuestas, incluida “Himno” –un modelo anatómico de bronce pintado de 6 metros de alto- comprada antes de la inauguración por su mecenas, Charles Saatchi, por 1,5 millones de dólares.


La faceta de empresario del señor Hirst habría sido inaceptable en un artista británico sólo una generación antes. Comercializar tu propia obra –por no hablar de cómo convertirte en multimillonario- habría sido considerado vulgar. Pero ahora Gran Bretaña es un lugar más hortera. Michael Craig-Martin, un artista americano y tutor en el Goldsmith’s, sostiene que “la sociedad inglesa es tan violenta, abierta y vulgar como lo era en el siglo XVIII, y Damien es parte de ello”.

Los precios del señor Hirst mandan, y sus volúmenes de venta son testimonio del poder de su marca. Los expertos calculan que los precios de algunas de sus obras más conocidas se han multiplicado por 100 en una década. Jay Jopling, marchante del señor Hirst en Londres, ha vendido casi 300 mariposas y “spin-paintings” (“pinturas centrífugas”). Los coleccionistas no han dejado escapar entre 400 y 500 “spot-paintings” (“pinturas de puntos”), que el señor Jopling vende ahora hasta por 200.000 libras, dependiendo del tamaño. Una “pintura de puntos” de 20 por 20 centímetros está en venta ahora en su galería, White Cube, por unas 20.000 libras. Para los que tienen presupuestos bajos, una impresión fotográfica de una “spot painting” titulada Valium se está vendiendo por 2.500 dólares, en edición de 500, en Eyestorm.com. “Encuentro las piezas tristes, o alegres, o incluso tontas. Creo que siempre las haré”.


Mientras tanto, su primer libro, “Quiero Pasar El Resto De Mi Vida En Todas Partes, Con Todo El Mundo, Uno A Uno, Siempre, Para Siempre, Ahora”, publicado hace tres años, ha vendido 27.000 ejemplares, a 75 libras cada uno. Una copia firmada vale 300 libras. La demanda por cualquier cosa de Damien Hirst es tan grande que incluso las invitaciones de la inauguración en la Gagosian (un pastillero diseñado por Hirst que contiene información de la exposición) han sido vendidas en el sitio de subastas de eBay.

El señor Hirst realmente no hace mucho más. Han quedado atrás los días en que se agitaba ruidosamente en un tanque inyectando formaldehído a un tiburón tigre (muerto) para crear “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo”, la obra que le convirtió en estrella. La única pieza de la exposición de la Gagosian de Nueva York en la que Hirst puso una mano era una pintura inacabada en una caja de cristal llamada “Concentrado en un autorretrato como farmacéutico”.

Como Andy Warhol en los 60, el señor Hirst tiene ahora una pequeña fábrica que convierte sus ideas en realidad. El señor Hirst emplea a diez artistas a tiempo completo en dos estudios del sureste de Londres, con un tercero en Gloucestershire. Su hermano, Bradley, también se ha puesto a su servicio.


Bradley pasó meses trabajando en “El vacío” –un armario contenedor de 5.000 pastillas hechas a mano con plomo, estaño, peltre y plástico expuesto en Nueva York. Hay tres más en proyecto, junto con la última adquisición del señor Saatchi: un armario de cristal con agua en su interior y que contiene una mesa ginecológica y 300 peces raros nadando alrededor. Frank Dunphy –un antiguo contable de teatro a quien Hirst conoció en un pub- actúa como gestor comercial del artista, dirigiendo la exposición desde una oficina de Bloomsbury llamada “Science”.

Sin embargo, el señor Hirst se aventuró en el negocio de un restaurante de Londres con mucho menos éxito. “Pharmacy”, un restaurante de Notting Hill –cuyo concepto y decoración (esqueletos colgantes, armarios de medicamentos con puertas de cristal y frascos de química llenos de brillantes líquidos coloreados) son del señor Hirst y cuyos beneficios comparte –perdió 1,5 millones de libras en la primera mitad de 2000. Pero el señor Hirst sin duda no tardará en encontrar avenidas más rentables para la ampliación de su marca.

Los críticos del señor Hirst sugieren que la distancia entre sus obras de arte y las meras transacciones comerciales es muy estrecha –que algunas de sus imágenes (incluidas sus ubicuas “spot paintings”) han sido recicladas hasta el sinsentido. El señor Hirst argumenta que no han captado la idea. “La mano del artista no es importante”, mantiene. “Lo que tratas es de comunicar una idea”. Qué afortunado el señor Hirst, que sus convicciones artísticas y sus intereses comerciales sean tan coincidentes.