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FASCINACIÓN Por Francisco Calvo Serraller 
Pasan los años y no decrece mi fascinación por la obra de Rafael Ruiz Balerdi. Me pregunto por qué. También podría interrogarme por qué no, pero no es lo mismo. Lo segundo, que implica aceptar como un hecho su calidad artística, ciertamente no está de más, sobre todo porque sigue siendo hoy un pintor de minorías, en parte porque él mismo, con su actitud, así lo provocó, y, en parte, porque la alta calidad de su obra es refractaria a los insustanciales ojeos de moda. Sea como sea, si he de inquirir sobre mi sostenida fascinación por la pintura de Ruiz Balerdi, no sacaré nada en limpio apartándome de ella y, menos, si es para hacer una sociología acerca de las limitaciones que la difusión del arte padece en la actualidad. Además, estoy convencido que, para Ruiz Balerdi, ésta era una cuestión relativamente importante. Según recuerdo, tomé contacto directo, por primera vez, con la obra de Ruiz Balerdi, hacia el ecuador de la década de los 70, hace ya, se dice pronto, más de un cuarto de siglo. Realizaba entonces una pintura que podríamos calificar, sin duda de una manera muy simplista, de expresionismo abstracto, aunque interpretado de forma muy personal. Sus contrastadas masas de color no eran ni al estilo americano, ni tampoco propiamente al europeo. Uno se encontraba sumergido en un océano cromático, pero, a diferencia de, por ejemplo, la serie final de los Nenúfares de Monet, y de la de los posteriores seguidores de éste, practicantes todos ellos de un paisajismo abstracto de fragancia lírica, Balerdi armaba esa cascada colorística con una poderosa musculatura, con un armazón, con firmas que parecían casi esculpidas, lo que producía una sensación como de enfrentarnos con una suerte de relieve. Posteriormente, a fines de la citada década de los 70 y comienzos de los 80, Balerdi inició su prodigiosa serie final de tizas de colores, la mayoría realizadas sobre un mismo formato y dominadas por el gesto. Un gesto que era gesto, pero que era color. Un ritmo cromático. Fue entonces cuando, a mi modo de ver, se destapó el sentido de ebriedad, de manía, de "posesión" e inspiración que marcó su destino creativo hasta justo el momento de su trágica muerte. De todas formas, era tan poderoso ese impulso, que hasta me atrevería a decir que uno tiene la sensación, no ya de que, de haber seguido viviendo, Balerdi continuaría inmerso en ese mismo frenesí gestual, sinio de que los cuadros continúan haciéndose solos. ¿Un milagro? En todo caso, el milagro de lo artísticamente es tan justo y necesario que por sí mismo da de sí, genera inercialmente un horizonte de expectativas.
 En cierta manera, con esta obra última, Balerdi propiamente no cambió de estilo, sino que lo elevó a su enésima potencia. Se decantó. Fondeó en lo esencial de lo que, durante años, había estado buscando y, en medio de esta luminosa claridad, pudo ensimismarse sin restricción, sin distracción. Esto es algo que se me hizo más comprensible precisamente cuando tuve la oportunidad de contemplar toda la trayectoria pictórica completa de Balerdi, incluidos sus inicios realistas, verdaderamente conmovedores. Lo eran, y lo son, porque, a través de retratos familiares, pequeños bodegones, paisajes, se traslucía esa precisión de contornos, esa línea compacta y volumétrica, esa, en definitiva, hondura emocionante de quien siente y padece, a través del arte, la palpitación de la existencia, la calidad de las cosas, la vibración de la materia; en suma: todo lo que hay, todo lo que se siente, la realidad entera. En este sentido, Balerdi no se "convirtió", llegado el momento, en un pintor abstracto, sino que progresó en esa busca de dar una forma más pura a lo que desde siempre sintió frente a la realidad. Comprendió que no se penetra en lo real y, menos, se es capaz de expresar la riqueza inagotable de su misterio con fórmulas, sean las que sean. Comprendió que este camino implicaba la completa involucración personal, su inmersión pictórica, su fusión con la pintura. Había, en fin, que concentrarse en una especie de gesto total, había que dejarse llevar por un ritmo interior, cuya melodía interminablemente fuera llenando el espacio, y, a través de ello, había que olvidarse de sí. ¡Qué curiosa maravilla! Por una parte, lograr el completo ensimismamiento, y, por otra, ignorarse hasta el absoluto anonadamiento personal. Ser algo así como una simple mano que acciona; hacerse uno con el gesto.
¿Se me entiende ahora cuando hablo de milagro para describir esa especie de borrachera creadora que se apoderó del último Balerdi? El gesto es de suyo ebrio, pero no disipado. Posee un ritmo. Es, como insistiendo, musical. Se despliega, si se quiere, a su aire, espontáneamente, pero genera un orden. No pasa de un cuadro a otro como saltando en el vacío: es serial. La inspiración se hace lógica; es armónica. Conmueve. Arrastra. Fascina. ¿He respondido, por tanto, al por qué de mi fascinación por su obra? Creo que no del todo, porque el sentido de esta fascinación exige además comprender su inagotabilidad. En realidad, sin eso es difícil ponerse a la altura de Balerdi, de su entrega sin restricción, de su cabal comprensión de lo inagotable que es pintar un mundo inagotable. Es entonces cuando se adviene a la iluminación de que no existen obras maestras únicas, definitivas en su singularidad, sin el dejarse poseer por un gesto, él mismo acción interminable, siempre dispuesto a dar esa mano de pintura que le falta al mundo para que no decrezca la sensación de su esplendor. De manera que sino decrece, como señalaba al principio, mi fascinación por la obra de Rafael Ruiz Balerdi, es porque él mismo –su obra- no lo permite: es el testimonio permanente del esplendor del mundo, de la inocencia de la vida, de la belleza del existir. Ese esplendor, claro, sólo es accesible para quien lo ve y admira desde la muerte. No esotro el genuino don de la vida, el de su renovación. Y para una representación artística semejante, hay que, en medio de la soledad, estar enamorado. Enamorado de vivir: vivir, crear. Con pasión, ella sí, inagotable. Se medite o no en ello, un solo gesto de Ruiz Balerdi, él mismo hecho uno con el gesto, celebra todas esas cosas. Ése es el raro misterio que hace que su pintura nos parezca fascinante. Es un secreto que no puede decrecer. Resplandece de forma deslumbrante quizá más en su obra última, pero estaba ya presente desde aquel lejano momento en que Ruiz Balerdi, un cierto día, no sé si en su infancia o su primera juventud donostiarra, inopinadamente se puso a garabatear en un papel. Su posterior trayectoria puso de manifiesto que aquel primer gesto ciertamente fue un milagro.
Texto escrito en 1998 para la exposición de Rafael Ruiz Balerdi en la galería Almirante. |
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