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Fotografiar del natural
Henri Cartier-Bresson
La fotografía no ha cambiado desde sus orígenes, salvo en sus aspectos técnicos, aquellos que para mí no constituyen una preocupación mayor.
La fotografía parece ser una actividad fácil; es una operación diversa y ambigua donde el único denominador común de los que la practican es lo útil.
Esto que sale de este registrador no escapa a la coacción económica de un mundo de derroche, con tensiones cada vez más intensas y con consecuencias ecológicas insensatas.
Fotografiar es retener la respiración cuando todas nuestras facultades se conjugan delante de la realidad que fluye; es porque capturar una imagen es un gran disfrute físico e intelectual.
Fotografiar es poner en el mismo punto de mira la cabeza, el ojo y el corazón.
En lo que me concierne, fotografiar es comprender que no se puede separar de los otros modos de expresión visual. Es una forma de gritar, de liberarse, no de probar ni de afirmar la originalidad propia.

La fotografía “fabricada” o puesta en escena, no me concierne. Y si yo tengo un juicio no puede ser otro que de orden psicológico o sociológico. Hay algunos que hacen de la fotografía un arreglo de antemano y otros que la ven como un descubrimiento de la imagen y la prenden. El aparejo fotográfico es para mí un carné de croquis, el instrumento de la intuición y de la espontaneidad, el maestro del instante que en términos visuales, cuestiona y decide a la vez.
Para significar el mundo, hace falta sentirse implicado en aquello que vemos tras el visor. Esta actitud exige concentración, una disciplina del espíritu, de la sensibilidad y un sentido de la geometría. Es a través de una gran economía de medios que uno llega a la simplicidad de expresión. Uno debe siempre fotografiar con el mayor respeto del sujeto y de sí mismo. La anarquía es una ética.
El budismo no es una religión ni una filosofía, sino un medio que consiste en dominar el espíritu a fin de acceder a la armonía y, por compasión, ofrecérsela a los otros.
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