Desde que en 1984 María José Flores publicara De tu nombre y la tierra y Noche oscura del alma , se observa en su poesía una preocupación central por la palabra. Es ésta la que ha propiciado de manera cada vez más rotunda sus característicos poemas breves, casi avariciosos, en los que cada término explora hasta el extremo todos sus frentes de significación: el acústico, el visual, el semántico, etc., según se observa, por ejemplo, en su arriesgada incursión en un ritmo casi de Cancionero en algunos de sus libros. Éste es el caso, como puede leerse, de algunos de los poemas seleccionados de su libro inédito Del animal y de su culpa , en los que la rima asonante cobra una relevancia no habitual en la poesía de hoy.


“ Y perezco. / Mas bebo de las aguas que perduran. / Como animal rozado por el tiempo”, o “a lo que brota turbio en nuestro pecho. / La noche que se sacia de oscuridad / y aguarda. / El cuerpo recobrado por el cuerpo”). De este modo, Flores va creando en todos sus libros una cadencia rítmica que sólo se aprecia si uno se sumerge por entero en su obra. Es obvio que cada poema tiene la suficiencia estética que se desea, que en cada uno hay ideas, imágenes y conceptos nuevos (“La claridad /devuelve / como el mar / sus despojos”).

Pero es la lectura seguida la que incrementa su noción de letanía. Además, palabras como “blancura”, “rumor”, “cuerpo”, “orillas”, “ramas” o “desnudez” van tejiendo unas referencias icónicas que con la interrelación se enriquecen y perfeccionan.

En este libro último María José Flores explora la “libertad” del animal frente al “hecho” humano. El instinto no lleva interrogantes e ignora juicios ajenos. La frontera entre el devenir inconsciente de la naturaleza y la dictadura de lo racional en cada uno de nosotros es un tema que empieza a ser relevante en la poesía española de estos últimos años. Aquí destaca el carácter abstracto que se le da a la palabra “animal” (no se concreta en pájaro, tigre o perro), o la posibilidad del “cuerpo” como el único recuerdo que nos queda de ese estadio de quietud propio del que, sin más, “aco ge y (...) contempla”. Y es, precisamente, en la medida en que “el cuerpo” es argumento central en sus anteriores libros, como la obra completa de esta poeta crece día a día en coherencia y altura.