Los artistas vivos –o, más frecuentemente, sus coleccionistas– también se benefician: en 2004 Steven Cohen, propietario de fondos de protección, compró a Charles Saatchi, un coleccionista británico, el famoso tiburón en formol de Damien Hirst por 12 millones de dólares –la solución química necesitó ser restituida, pero eso es otra historia. Este año, otro multimillonario, Kenneth Griffin, compró a David Geffen Salida Falsa de Jasper Johns por 80 millones de dólares, récord de venta para un artista vivo.
Lo que interesa, no obstante, es lo que palpita en torno al olor del dinero. El interés por el arte no es estrictamente mercenario. Crecen las suscripciones a las revistas de arte, hay colas en las escuelas de arte, las galerías están casi tan atestadas como el metro de Tokio. No obstante, mientras los medios de comunicación sigan usando más clichés que una película gore al hablar del mundo del arte –de hecho no se han sofisticado apenas en relación con las revistas de los años 50 que comparaban el talento de Jackson Pollock con el de un mono– la prensa no obtendrá grandes ventajas del mundo artístico.
La mercantilización no es un tema nuevo. Lo que no tiene precedente, sin embargo, es el número de personas que quieren estar en este mercado. Estos y otros asuntos generan largas discusiones. Para poder saborear una charla desde el meollo del asunto entrevisté por separado a cinco personajes importantes de todos los ámbitos del mundo del arte y después edité sus comentarios juntos para crear un simulado torneo.
Los interlocutores
Jeffrey Deitch: consultor de coleccionistas privados y corporaciones; propietario de Deitch Projects Galleries de Nueva York; expone a Mariko Mori y Jonathan Borofsky, entre otros; fue pionero en la creación de un departamento de inversión en arte en Citibank a finales de los 70.
Tobias Meyer, director de arte contemporáneo de Sotheby’s en Nueva York: también es el principal accionista de la casa de subastas –entre las subastas dirigidas por él está la que vendió en 2004 el Muchacho con pipa de Picasso por 104 millones de dólares (récord en la fecha).
Lisa Dennison, jefa de exposiciones de la Fundación Guggenheim y directora del Museo Guggenheim de Nueva York: ha comisariado importantes retrospectivas de Francesco Clemente y Daniel Buren; comenzó su carrera en el Guggenheim como personal en prácticas en 1973.
Francesco Vezzoli, artista que trabaja en Milán: en 2004, con la colaboración y respaldo de la Fundación Prada, creó las Non-Love Meetings, una de-construcción de la cultura pop, la fama y el amor, al estilo italiano de The Dating Game (programa de televisión en el que un soltero/a hace preguntas a otros 3 solteras/os a los que no ve, hasta que elige a uno de ellos con el que tendrá una cita); también creó Marlene Redux: una historia verdadera de Hollywood (Parte Uno), una parodia y crítica de su propio papel en el juego del mercado del arte, por encargo de François Pinault para su colección en el Palazzo Grassi de Venecia.
Ingvild Goetz, coleccionista que vive en Munich: posee una de las colecciones de arte contemporáneo más importante del mundo con grandes obras de artistas americanos de los años 80 y 90, de artistas británicos de los 90, y del movimiento del Arte Povera de finales de los 60 y principios de los 70. También tiene una de las colecciones más exhaustivas de películas, vídeos y nuevos medios; en 1993 abrió su propio museo, el Sammulung Goetz (Colección Goetz), diseñado por los arquitectos Jacques Herzog y Pierre de Meuron. |
Las cosas han cambiado
Jeffrey Deitch: Hoy es físicamente imposible, excepto para un profesional, visitar las 500, o pongamos 200 galerías serias de la ciudad de Nueva York. En la primera mitad de los 70, todo lo que tenías que hacer era visitar una vez al mes seis galerías, en las que el ambiente era muy íntimo y todo el mundo podía quedar en West Broadway frente al edificio 420. Por entonces, una sola visita no sólo te permitía conocer todo sobre el arte contemporáneo, sino también a sus miembros.
Lisa Dennison: Coleccionar arte contemporáneo hoy en día significa que formas parte de algo muy, muy grande, muy poderoso, internacional, excitante y estiloso. La nueva clase de coleccionistas de hoy tienen hambre de todo esto. Hay un mercado enorme hoy en día revelándose en las economías emergentes de Oriente Medio, India, Rusia, China… Todo esto conlleva una gran demanda. Incluso los japoneses están volviendo al mercado. Por eso es por lo que la pintura aún está húmeda cuando la gente compra las obras, porque tenemos una demanda gigantesca frente a una oferta pequeña. Una metáfora perfecta para explicar esto es el hecho de que, en la última feria Frieze (celebrada anualmente en Londres) los artistas Jake y Dinos Chapman estaban sentados en el stand (de la galería White Cube de Jay Jopling) con unos caballetes frente a ellos, pintando retratos de la gente. Uno podía apuntarse para conseguir una obra de arte de sí mismo, en ese preciso momento y lugar. Si esto no es un símbolo definitivo de las consecuencias del ego, el poder y el dinero, ¿qué es?
Ingrid Sischy: Ahora mismo se maneja muchísimo dinero en relación con el arte por todas partes –los precios, para la mayoría de la gente son una abstracción.
Tobias Meyer: Tenemos que entender que lo que hacemos le puede sonar absolutamente obsceno a cualquiera que esté fuera de este negocio. ¿Cuánto valen las cosas y por qué lo valen? ¿Cómo establecer los precios y cómo se establecen los precios en relación a otros objetos? ¿Por qué se dice que un Rothko y un apartamento en Park Avenue casi siempre tienen el mismo precio? Ahora, un gran apartamento en Nueva York cuesta 30 millones de dólares, y hoy, un gran Rothko vale también 30 millones. Una persona que viva en el mundo de hoy como exitoso hombre de negocios debe tener una cierta idea de cuánto podría gastarse en una obra de arte, algo para colgar en el salón, no en el pasillo. Estamos hablando de la pintura sobre la chimenea del salón. Puede que cueste tanto como el apartamento entero.
Hay algo ahí, cuando compras una gran obra de arte que te transporta a otra esfera. ¿Y no pasa lo mismo cuando te cambias de casa? ¿No existe el mismo tipo de esperanza e inspiración frecuentemente vinculado tanto a la búsqueda de una nueva casa como a la búsqueda de tu hogar en una pintura? Por eso compra la gente arte, pese a lo que cueste. Los precios no son los precios, son relaciones con el valor individual. Hoy el número de multimillonarios es mayor que nunca. Para algunos de ellos, 100 millones de dólares es mucho dinero, pero es una cifra fácilmente alcanzable comparada con lo que tienen. Uno tendría que introducirse a través de las riquezas históricas y descubrir qué porcentaje de la riqueza neta de un personaje podría gastar emocionalmente en arte. Creo que cada uno se gastaría proporcionalmente siempre lo mismo.
Los Nuevos Mecenas
Deitch: Algo en lo que siempre he estado interesado es cómo cada época produce coleccionistas cuya riqueza procede de fuentes diversas. De los años 50 a los 70 fueron navieros como Stavros Niarchos, el cual compró la colección de Edward G. Robinson (en 1956). Después, a principios de los 80, la gente de las inmobiliarias, y los propietarios de centros comerciales, fueron algunos de los más grandes coleccionistas. A principios de los 90 (cuando el mercado del arte se colapsó), el panorama era desolador. Fue el mejor período para los auténticos coleccionistas desde la Gran Depresión; fue entonces cuando David Geffen dio cobijo a su incomparable colección de arte contemporáneo. Entonces, a finales de los 90, comenzó el revival con los directores de los fondos de protección.
Sischy: Lo que es interesante es ver cómo su perspectiva, y no sólo su dinero, está cambiando el mercado del arte. La mentalidad del juego lo que seduce a la gente que manejan los fondos de protección. La idea de pagar por algo a precios elevados, que a otros parecería inconcebible, y conseguir que más tarde merezca la pena, ha sido trasladada ahora al mercado del arte.
Meyer: La gente no quiere formalidades. Si hubieras sido rico hace 20 ó 30 años, intentarías vivir en un estilo de vida pseudo-aristocrático. Hoy en día a nadie le importa. Antes, cuando eras rico, comprabas plata, mobiliario inglés, mayordomos y camareros, etc. La peor cosa que te puede pasar hoy día es verte atrapado por tu propio entorno. La gente quiere ser informal. Quiere salir con sus niños. Quiere tener buen arte. La gente quiere originalidad y calidad asegurada, formar parte de una cierta comunidad de coleccionistas.
Deitch: Con los coleccionistas de los fondos de protección, se produce un nuevo aspecto social, no social en el sentido antiguo de formar parte de la junta del Museum of Modern Art y relacionarse con la crème de la crème. Es social porque puedes ver todo lo que pasa alrededor de las subastas, las ferias de arte y las fiestas a las que ir después. La gente disfruta formando parte de este mundo. Es divertido. Es sexy. Es el modo en que los chicos de los fondos de protección pueden realmente disfrutar consigo mismos, conectar con gente que conocen. Para mucha de toda esta gente, el negocio nunca se para. El arte es perfecto para ello, porque hay un objeto estético y además se trata de un negocio.
Meyer: Es probable que haya unas 30 o 40 personas que realmente pueden gastar grandes sumas de dinero en arte, y que lo hacen. Es un grupo que cambia constantemente, porque hay muchos coleccionistas importantes, que quizás no están activos en este momento porque ya han cumplido su ciclo como coleccionista, bien sea por un enamoramiento, por la idea de buscar una vida nueva, por la conexión emocional que son capaces de sentir (hacia el arte). Todo esto ha cambiado para ellos. En una vida pueden pasar todo tipo de cosas. De repente te das cuenta de que existen otros problemas en tu vida que te preocupan más –quizá las obras de caridad, por ejemplo. Entonces crees que puede ser interesante vender un par de cuadros, quizá porque ahora entiendes que estas cosas han llegado a tener tanto valor que ya no necesitas poseerlas, y que alguien más podrá apreciarlas. Es algo que puede pasar.
O puede suceder que a lo largo de toda tu vida sientas que debes tener arte y que tienes que dialogar con el arte nuevo. Esos son los coleccionistas que son realmente leales al amor al arte. Siempre buscarán, estarán atentos y comprenderán que la posesión es muy diferente de la mera observación. La presencia material constante de una obra de arte resulta muy distinta al hecho de simplemente mirarla. Cada obra posee un aura y no puedes experimentarla si no la tienes muy cerca.
Ingvild Goetz: Desde niña he querido ser una artista. He hecho todo lo posible para llegar a serlo. De repente descubrí que siempre sería mediocre. No obstante encontré un montón de arte a mi alrededor; en vez de crearlo yo misma comencé a coleccionarlo. Respiro arte y este viene a formar parte de mí. También trabajo con él. Me encargo de las exposiciones de mi colección y es un proceso con el que disfruto muchísimo.
Sischy: ¿Puede recordar el primer momento en que, como coleccionista, pensó “quiero eso”?
Goetz: Recuerdo exactamente cómo fue. Estábamos entre 1966 o 1967. En aquel tiempo vivía en Constance (Alemania). Ulrike Ottinger, directora de cine, tenía un pequeño restaurante en el que estaba exponiendo a Eduardo Paolozzi. Había llenado la sala con una muestra gráfica. Me dije: “Tengo que tener esto”. No pude dormir de lo excitada que estaba.
Sischy: ¿Cuál diría que es la diferencia entre un coleccionista y un espectador interesado?
Goetz: Creo que un coleccionista necesita vivir el arte, tenerlo a su alrededor. Yo quiero hablar con él. Quiero tener con él una discusión más larga que la que podría mantener en un museo o en una galería. Cambio el arte que hay en mi casa cada tres meses más o menos. Además, soy Tauro, ¡y a los Tauro nos encanta tener cosas que nos pertenecen! |
Pero, ¿qué hacíamos antes de los teléfonos móviles?
Meyer: Las subastas son transparentes, y la gente que es nueva en el mercado ve que se ha ido estableciendo un valor que está a la vista de todos. Pueden constatar el hecho: la subasta realmente ocurrió, en vez de suponer que pudo hacerse en la parte de atrás de una galería. Es decir, que ha habido un martillo golpeando, que se estableció un precio y que se hizo público. Que hay evidencias. Esta es una parte importante de lo que viene sucediendo. Y la democratización del acceso es decisiva porque el acceso al mundo del arte contemporáneo se realiza, a menos que vayas a subastas, mediante la amistad con un marchante que te permita acceder y ser una de las 200 personas que están esperando comprar obra de uno de sus artistas. Tienes que pasarte muchos, muchos días y tardes ganándote la confianza de un marchante. Pero las subastas son “meritocráticas”. Quien tenga mayor cantidad de dinero será quien se haga con el objeto de deseo que no pudo comprar en la galería porque la galería no le conocía. Por eso el proceso de la subasta es tan exitoso, porque está basado en tus propios logros, no en los contactos. Está basado en el éxito que hayas conseguido en el mundo exterior y en cuánto dinero hayas podido hacer. Así puedes ser el ganador. De hecho, Artnet (página web que permite a los pujadores revisar remates de subastas anteriores de un determinado artista; antiguamente esto era información reservada a la que la mayoría de los coleccionistas no podían acceder) merecería un artículo por sí sola. El hecho de que hoy cualquiera tenga la capacidad de interesarse por un artista contemporáneo y ver el desarrollo de sus precios en el mercado de las subastas es muy, muy importante.
Sischy: Eso allana el campo de juego. Hábleme de la subasta del Muchacho con pipa.
Meyer: En realidad no tuve que hacer nada con la pintura (realizada en 1905 por Picasso). Simplemente estuve allí de pie siendo el subastador. Pero había una cierta presión porque tenía que actuar y continuar haciendo mucho dinero. Todo el mundo me decía: ¿Puedes conseguir más de 70? (refiriéndose a 70 millones de dólares). Sabía que había mucho interés, fácilmente, hasta unos 60 millones, que ya era una cifra enorme de dinero. En un determinado momento había dos personas pujando. Uno era Larry Gagosian (un marchante de arte, quien probablemente estaba pujando para algún cliente). Dejó de pujar y apagó su móvil. Yo no lo entendía. Me miró y dije: “¿Necesita más tiempo, señor?” Entonces cogió el teléfono móvil de su vecino.
Sischy: ¿Se había quedado sin batería y por eso no podía llamar a su cliente?
Meyer: Justamente. Noté que algo no iba bien. No me ofrecía otra puja. Estaba blanco porque yo creo que su tope eran 72. Así que si yo no hubiera tenido el instinto y cierta sangre fría para decir “De acuerdo, algo no va bien”, podía haber bajado el martillo a favor del otro tipo, y entonces no habría sido la obra de arte más cara. La diferencia entre eso y el “¿necesita usted más tiempo?” habrían sido 20 millones de dólares. (La pintura al final fue a parar a manos de otro pujador).
¿Debería pagar el caballero?
Meyer: Por mi experiencia, vinculo el ansia de posesión y “caza” como algo más presente en el mundo masculino. De un modo bastante interesante, en las parejas –cuando están pujando en subasta– es la mujer la que permite al hombre pujar. Cuando la puja sube y tengo a la pareja entre el público, el gesto habitual es que el hombre se gire para pedir la aprobación de la mujer. Él no puede hacerlo sin el permiso de ella y desde luego este es el estado deseable. La esposa tiene que permitir que el deseo sea satisfecho, porque es una experiencia pseudo-orgásmica.
Sischy: Esto nos conduce a una interesante cuestión sobre la propiedad de las cosas. Aunque por supuesto que hay serias y poderosas mujeres coleccionistas, como Marieluise Hessel y Miuccia Prada. Con todo, cuando uno lee sobre el mundo del coleccionismo hoy en día, este aparece como un mundo muy masculino.
Goetz: Lo que yo he observado es algo muy extraño. A veces hay parejas en las que es la mujer la que tiene ojo para el arte, pero como el marido cumple el rol de “macho”, de líder, ella se queda atrás. Muy frecuentemente he observado que la mujer tiene buen ojo pero es el marido el coleccionista. Es muy gracioso. Tomemos por ejemplo a Ludwig (Meter Ludwig, un importante coleccionista alemán). Ella (su mujer, Irene Ludwig) jugaba un papel fundamental. De hecho, cuando él murió, ella ganó en cierto modo importancia. Pero cuando él estaba vivo, nunca se la mencionó.
La pregunta que todo el mundo quiere hacer
Sischy: La manipulación del mundo del arte –un tópico muy popular entre la gente de fuera de este ámbito.
Meyer: Por mucho que manipules, por mucho que trates de monopolizar el mercado, por mucho que esperes acelerar el valor, si lo esencial no es real y no está ahí, al final se colapsará. Las manipulaciones a corto plazo pueden agrandar o empequeñecer o encarecer, si quieres, pero a largo plazo no puedes hacerlo. Para mí hay una verdad en el proceso de subasta, y por eso resulta realmente bella. Es la siguiente: ¿Quién tiene la mayor calidad artística? ¿Qué artista tiene la enorme disciplina de continuar produciendo interesantes obras de arte? ¿Qué pinturas no se envanecen de sí mismas? Al final del día la verdad sale a relucir.
Dennison: Los artistas de los años 80 lograron increíbles valores de mercado y ahora este mercado está hundido. La cuestión es: ¿por qué no abandonas el barco? Esa es la belleza de los museos. Los coleccionistas pueden seguir las modas y abandonar el barco y eso es algo que, gracias a Dios, no ocurre en los museos. Una parte importante del mercado del arte tiene que ver con que la gente escucha más con los oídos que ve con los ojos. Creen que si caen los precios de un artista o no obtiene buenos resultados en subasta, se produce el fin del mundo. Pero no es así.
Meyer: Sí, los mercados son cíclicos, si bien según el mercado del arte, tal como lo vemos nosotros, ha sido contemplado desde una perspectiva occidental. Nunca hemos operado en una economía post-comunista en relación con eéll. Por primera vez en la historia desde 1914 estamos en un momento no cíclico. Pero la gente no lo entiende y hace predicciones partiendo de un mercado que existió de manera restringida en América y Europa. Pero hay gente nueva que constantemente está entrando en dicho mercado, procedentes de Rusia, China, Taipei, de todos sitios. Piensa simplemente en el comportamiento de los rusos con el consumismo. No tienen esa actitud moralizante hacia el dinero y el gasto. He vendido muchas pinturas importantísimas a coleccionistas chinos, o de Taiwan y Hong Kong. Ellos tampoco marcan un acuerdo sobre cuánto quieren gastar en algo cuando están convencidos de la calidad. Son multimillonarios. Se pueden permitir lo que se pueden permitir.
Deitch: Cuando el mercado era mucho más pequeño, lo tocante a la oferta y la demanda resultaba también más simple. Si alguien se retiraba y dejaba de comprar, quizá eso hacía ir las cosas un poco más lentas, pero entonces otra persona lo sustituía. No obstante, salvo hechos extremados como la Gran Depresión o la II Guerra Mundial, el mercado del arte era mucho más estable de 1950 a 1990. A principios de los 70, con la crisis del petróleo, el mercado del arte se ralentizó, pero nada comparado con el colapso de 1990.
Lo que pasó entonces es que la mayor parte del arte no se compraba para colgarlo en la pared. Se convirtió en una inversión especulativa, y se compraba para guardarlo en el almacén con la idea de sacarlo a subasta a los cinco años. Ahora, la mayoría de la gente que compra realmente ama el arte, aunque sigue habiendo un montón de personas que compran y directamente almacenan. Esto es un signo peligroso. Cuando una obra entra en la casa de alguien, que lo cuelga sobre su cama, es mucho menos probable que se venda. A corto plazo, hemos visto que los mercados suben y bajan. Pienso que el mercado del arte va a incrementarse como otros mercados ahora que la gente lo considera de tipo financiero.
En 1990 una serie de hechos convergieron en una tormenta perfecta. Por ejemplo, Charles Saatchi se separó y perdió el control de Saatchi & Saatchi. Un montón de arte formaba parte de la colección corporativa y tuvo que salir a la venta.
Sischy: Cuando uno habla sobre la crisis no nos podemos olvidar de las muertes por SIDA que costaron la desaparición de importantes figuras del mundo del arte. No sólo el mundo artístico estaba de luto, también perdimos un par de generaciones de obras. |
El sexo vende
Deitch: Hay grandes cosas que se van perdiendo a través de los ciclos del mercado del arte. Tomemos por ejemplo a Anselm Kiefer, que era uno de los artistas de su generación más deseados a finales de los 80. Hoy día, uno tiene que ser muy cauto si saca a subasta una gran obra de Kiefer, porque no sabes si habrá suficiente gente que puje por ella. Así que una gran, gran obra de Kiefer podría venderse en un millón de dólares, mientras que una de Lisa Yuskavage (pintora de 44 años cuyas provocadoras obras mezclan los juguetes con el porno suave) alcanzaría el mismo precio más o menos.
El sexo vende. La gente quiere imágenes sexys. Esto nos lleva a los antiguos maestros del academicismo francés del siglo XIX, como Cabanel o pintores del XVIII como Fragonard, Boucher… Ellos son la excusa de la gente para tener pornografía de clase alta en casa. Esto no es nada nuevo. Retrocedamos al Renacimiento Italiano, con sus figuras masculinas y femeninas desnudas. Son figuras religiosas, pero poseen una carga lasciva evidente, demasiado incluso para la gente que pertenece a círculos en los que no pueden colgar calendarios de Playboy en las paredes.
Sischy: No sé si estoy de acuerdo, pero se suele decir que cada época tiene el arte que se merece.
Meyer: En el Salón de los Rechazados de París de 1863, los artistas se separaron de sus clientes burgueses. Comenzaron a pintar cosas que la gente no entendía, y crearon la vanguardia. Nació para conmocionar a la burguesía. Hoy la burguesía y los artistas no se temen entre sí. Hay una completa realineación. A la burguesía le costó 100 años realinear su estética con la de los artistas contemporáneos. John Currin, Lisa Yuskavage, Richard Prince –todos ellos son muy listos y crean objetos perfectos para los ambientes burgueses. Los artistas, hoy, no tienen ninguna intención de reformar a la burguesía. Y, realmente, son felices así.
Todo el mundo es estudiante de arte
Sischy: Me interesa el modo en que artistas, marchantes y museos entablan relación con los coleccionistas.
Dennison: Los directores de museos y los comisarios van a las ferias de arte, o a las galerías y subastas con los coleccionistas a remolque, porque un coleccionista culto puede ayudar mucho a un museo, y así uno puede beneficiarse de su especialización y aptitudes de experto. También quieres facilitarles la vehemencia del mercado, porque las ferias han llegado a tener un ritmo frenético.
Vezzoli: Disfruto ofreciendo a mis coleccionistas algo que puede suponer un desafío para ellos. Espero que acudan a mí para no aburrirse. Imagino que les sugiero, que se relacionen con el universo cultural al que no son conscientes de pertenecer, pero en el que influyen. Supongo que tiene que ver un poco con el sentimiento de culpa católico. Te sientes muy honrado y halagado por tener esta comisión, pero sientes que tienes que limpiar tu alma haciendo algo que a la vez es muy purificante.
Goetz: El arte tiene que conmoverte, debería hacerte pensar más de un minuto, y volver a él una y otra vez. El problema es que hay muchísimo arte malo. Diría que hay muy poco que goce de calidad. Diría que el 80% no lo es. Se trata de un material que ya ha sido hecho, que te parece haberlo visto antes, está pasado de moda, es aburrido, no te emociona ni agita, no te hace odiarlo. Digamos que hay un montón de arte “bonito” por ahí. No quiero coleccionar arte “bonito”.
Sischy: Estamos en medio de una época en la que importantes coleccionistas están creando de nuevo fundaciones y museos. El mundo de la moda ofrece tres grandes ejemplos: la Fundación Prada, que se ha ido abriendo camino desde principios de los 90; además, este año, la colección de François Pinault se estrenó en el Palazzo Grassi de Venecia; y, en el horizonte, aparece la Fundación Louis Vuitton para la Creación, que Bernard Arnault anunció este otoño para París. El arquitecto será Frank Gehry, quien se refirió a su diseño del edificio como si fuera “una nube de cristal”. Se valía de una metáfora meteorológica, ¿qué previsión anuncia esto para las instituciones públicas?
Dennison: Muchos museos nacen como colecciones privadas. Incluso el Ermitage de San Petersburgo fue en el inicio la colección de Catalina la Grande. La pregunta es, antes que nada: ¿es esto bueno o malo para los museos? Las fundaciones privadas tienen flexibilidad para actuar con tremenda libertad. Lo malo de los museos es la cantidad de niveles y filtros que hay, y de cuentas y balances, de manera que no siempre pueden ser competitivos (en el mercado). Por otro lado, en la medida en que estas obras vuelvan finalmente al sistema (a través de una variedad de escenarios), no resulta algo tan negativo.
El tiovivo de la feria
Sischy: Hubo una vez en que los artistas no se dejarían ver ni muertos paseando por una feria de arte. Ahora no. Desde Art Basel Miami hasta la Frieze de Londres, los organizadores han entendido cómo capturar el Zeitgeist (el espíritu de la época).
Vezzoli: Vas a la Frieze y los artistas están interactuando alegremente, realizando proyectos especiales para la feria. Algunos de los críticos más aclamados y serios van allí y dan charlas. Quizá esto refleja cómo eran las ferias a principios del pasado siglo. Una feria como la Frieze tiene un impacto cultural tan grande que ha llegado a convertirse en un evento de estado en un período de tiempo cortísimo. Londres está 10 veces más animada cuando se celebra una feria. Durante la de Basilea, la ciudad suiza se transforma en algo dulce y alegre. Ahora es el mundo del arte en torno al cual gira el programa de actividades de la jet-set, la cual viaja de Basilea a China pasando por Miami. No me sorprendería que los empresarios hoteleros planeen nuevas aventuras dependiendo de cuándo se inauguran las ferias de arte.
Sischy: ¿Qué opina del síndrome de las ferias? ¿Cómo se siente en ellas como artista?
Vezzoli: Hablando de las ferias en términos generales, la respuesta es que me siento violado. No intento venderme como virgen o como una frágil flor, pero en las ferias de arte me siento violado. Puedo ser una puta, insisto, pero me siento violado. Es violento. Es el artista privado de todo contexto. Es comida rápida. ¿Te acuerdas de esa película en la que Jerry Lewis trabaja en unos grandes almacenes y que cuando todas las señoras van a las rebajas él sale de debajo del montón (sin su camiseta y sus pantalones)? Bueno, querida, pues así es mi sentimiento general en una feria de arte.
La otra pregunta que todo el mundo quiere hacer
Sischy: ¿Por qué piensa, en el mundo en que vivimos, que el arte es valioso? ¿Por qué no tiene precio?
Goetz: Una vez hablé con un director del museo en Hamburgo. Le dije: “¿No es una locura? Han pagado más por un Van Gogh de lo que lo harían por un gran avión, como un Boeing” Me contestó: “Si pudieras optar al Van Gogh, no pensarías que tiene el mismo valor que un avión. El Van Gogh tiene mucho más valor que un avión”. El arte es algo tan diferente que se puede decir de algún modo que no tiene precio, contrariamente a la tendencia actual de tratarlo como una mercancía. Es como una puesta de sol: ¿tiene precio?
Meyer: El arte es completamente personal. La gente quiere buscarle sentido a esta vida y quiere participar de alguna manera de algo intangible. No obstante, el arte es tangible porque es físico. Pero lo que hay en el pertenece a lo no corpóreo, y que una pintura sea mejor que otra es algo imposible de justificar muchas veces. Se trata de un fenómeno paralelo a la experiencia espiritual. |