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Pablo Palazuelo (1916-2007)

(Síntesis del capítulo “Entre rostros. Sobre la emergencia de la esfera íntima interfacial”, extraído del libro Esferas I. Burbujas Microsferología, pról. de Rüdiger Safranski y trad. de Isidoro Reguera, Madrid, Siruela, 2003).   imprimir artículo

PETER SLOTERDIJK
La traición de Judas y la percepción del rostro en la historia del hombre

Resulta difícil de creer pero son las miradas entre Lisias y Fedro las primeras en que se advierte cómo los rostros pueden afectarse mutuamente. Tras las huellas de Platón, Ficino presenta el espacio entre las caras como un campo repleto de turbulencias, pero sólo el hombre moderno es quien se ha encontrado con la dificultad de ser él mismo a  través de la mirada del otro.
           
Sloterdijk se centra en el cuadro de Giotto La traición de Judas, en el cual la diferencia entre Cristo y el resto de mortales es, a primera vista, la presencia del aura dorada, así como una actitud aristocrática que apunta a su desdén por Judas. Su impronta apolínea contrasta con el perfil del traidor Judas, de mirada avara, carácter instintivo y plebeyo.

 

Estas relaciones entre los rostros no cayeron en saco roto, sino que sus sucesores las recogieron y trasladaron a la relación entre la Virgen y el Niño Jesús, vueltos el uno hacia el otro, casi siempre con cierta perspectiva lateral que apunta a la imposibilidad del espectador de captar las más hondas relaciones sagradas. En ellas el Niño Jesús no es el maduro Salvador, sino que en el regazo materno remite con firmeza a la historia de la Pasión. En el Renacimiento la presencia del “yo” se revela y muestra escenas que lo envuelven y ensalzan y pueden insertarse en un marco narrativo. En los retratos se aspira a provocar en el que contempla el reconocimiento de su excelencia. Sólo yendo más allá en esta línea es cómo puede comprenderse el paso al siglo XX, cada vez más centrado en el individuo, de acuerdo con lo que ha venido en llamarse “Arte de la Modernidad”, en el cual la objetividad pasa a un segundo plano.

 
 
Si echamos una mirada atrás en el tiempo nos damos cuenta que la facialidad humana se reduce a que los hombres carecen de rostro para sí mismos y solamente lo logran a través de la mirada ajena. Ya la palabra griega referida a la cara humana, prosopon, expresa con claridad este hecho, la idea de que cualquier elemento es algo mientras se sitúe delante de otro y, en la medida de que se trate de un ser humano, poseerá la capacidad de corresponder esa visión mediante la mirada. ...Y es que resulta casi inimaginable para la gente del siglo XX pensar que a lo largo de la historia la mayoría de personas no conocieron, salvo excepciones y a través de algún precario reflejo en la superficie del agua, su faz. Los espejos hubieron de esperar a la invención del eje.

Los más antiguos semejantes a los actuales nos remiten al 1500, pero su llegada más numerosa data del siglo XIX, lo que culminó en el siglo XX.
 
Todo este asunto de fechas no resulta en ningún sentido ajeno al mundo “cultural”, dado que sólo en una sociedad saturada de espejos pudo imponerse la idea de que la mirada a la propia imagen en el espejo actualizaba en cada individuo una relación originaria de autorreferencia. Sólo así, en una sociedad definida, se trascienden las clases y pudieron hacerse populares estudios freudianos sobre el narcisismo, el autoerotismo primario, etc.

En síntesis, y para ir concluyendo, la experiencia primera de la facialidad se basa en el hecho concreto de que los seres humanos, que miran como seres humanos, son observados a su vez por otros que les permiten retornar a sí mismos.
 
En este sentido el rostro, la faz, sólo puede contemplarse ahí enfrente. Ello apunta al comienzo de una historia del deber y querer el ser humano estar solo, lo cual ha contribuido a la forja de un punto en el que cada individuo se considera definitivamente como lo primero, lo sustancial, y sus relaciones con los otros, lo secundario. Se comprende que el “conócete a ti mismo” se haya entendido como “compleméntate a ti mismo”. Así puede gozarse de la ilusión de verse en un campo cerrado sólo porque ha sustituido a los sujetos por los medios técnicos: ésa es la función moderna de los medios. El mundo, entonces, queda dividido en dos partes: en un fuera y un adentro, en un “no-yo” por un “como-yo”. Cuando estas ideas se convierten en regla puede surgir una sociedad estructuralmente moderna, llena de sujetos cuya mayoría vive en una poderosa ficción real: en el fantasma de una esfera íntima que contiene un solo habitante.
 
 
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