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Pablo Palazuelo (1916-2007)

José Andrés Rojo, “El artista ve lo que los ojos no ven”, (13 de abril de 1995), pp. 349-352, de Libertad de exposición. Una historia del arte diferente, (coord. y prólogo de Francisco Calvo Serraller), Madrid, Grupo Santillana. Ediciones El País, 2000   imprimir artículo

No tiene sentido explicar una obra de arte. La elocuencia de una pintura o de una escultura, pongamos por caso, apela a unos resortes propios y distintivos. Sin embargo, quienes contemplen las obras de Pablo Palazuelo acaso reclamen el trato con la palabra, no tanto para encontrar en su discurso la explicación que confirme sus emociones, como para hallar una complicidad que permita asumir la fuerza que emana de uno de los desafíos artísticos más personales del arte contemporáneo.

Palazuelo ha comentado que comparte rotundamente un dictamen de otro artista de nuestros días, Kounellis, quien estableció que: “La pintura es solamente una técnica para plasmar esa visión, que procede de una mirada diferente a la habitual. El artista ve lo que no se ve con los ojos”.

Palazuelo parte del número como elemento generador de la forma. “Cada artista tiene sus secretos y no tiene por qué explicarlos”, dice. Y luego añade: “Pero doy pistas. Una de ellas se remonta muy lejos. O quizá, paradójicamente, esté tremendamente cercana. Y es que son tan profundos aún los lazos con la Grecia clásica que, a veces, se tiene la impresión de que el hombre de hoy siguiera desarrollando sus obsesiones. La del número fue una de ellas, sobre todo entre los pitagóricos”.

Si se despojara a cada cosa de todos sus accidentes y se llegara a su esencia, pensaban aquellos viejos sabios, uno encontraría un número, que vendría a ser algo así como el elemento que da cuenta de las formas geométricas de la realidad. “La abstracción que yo he cultivado ha sido siempre geométrica”, explica Palazuelo. “Cuando buscaba mi camino, me di cuenta, después de estudiar a Mondrian, a Kandinsky y a todos aquellos que trabajaban con este tipo de formas, que quizá existían otras geometrías sobre las que ellos mismos no habían trabajado. Fue pura tozudez, supongo, pero mi convicción era rotunda. Y me puse a buscar. Me ayudaron una serie de lecturas, como las de Ghyca sobre el número áureo, y otras muchas que trataban de la relación entre los números y la magia.
“Hay versiones para todos los gustos, pero lo que puedo decirle es que todas mis obras desde el 53 están conscientemente relacionadas con el número, proceden de él”. Su interés por estas cuestiones viene de atrás, de su deseo de conquistar un territorio desnudo donde todos los accidentes fortuitos de las cosas hayan desaparecido y se revelen las tensiones últimas de la materia, de la vida y la realidad. No está de más, por tanto, rebobinar el carrete del tiempo y aterrizar en París a finales de los años cuarenta. Por entonces, a Palazuelo ya le ha dado tiempo a empezar a estudiar arquitectura en Oxford (1933-1936), a padecer una guerra civil y a imponer su vocación artística a una familia reacia a tener entre sus miembros a un representante de un oficio de dudosa proyección social.

 
En París vivía Palazuelo en la rue St. Jacques y trajinaba por un montón de librerías de la zona especializadas en literatura hermética. Era un devorador de libros y se aventuraba por “ese bosque espeso donde hay que saber navegar porque está lleno de trampas y de basura”. Le tocó leer mucha porquería, confiesa ahora. Pero encontró la mina. “Una tarde iba a pagar unos cuantos volúmenes que me habían parecido sugestivos, cuando el librero me señaló un rincón del local donde, arrimado a un pupitre lleno de libros, un hombre joven estaba entregado a la lectura. Me acerqué y el tipo no tardó en decirme ‘esto no, esto no’ en cuanto vio los textos que acababa de adquirir. Lo decía susurrando. No quería que lo oyesen. Luego tomó un ejemplar que tenía cerca y dijo ‘en cambio, esto sí, y vale lo mismo’. Fue el comienzo de una larga amistad”. El joven se llamaba Claude d’Yge y había escrito La nueva asamblea de filósofos químicos y Antología de la poesía hermética.

A finales de los cuarenta, principios de los cincuenta, Palazuelo había conquistado los derroteros por los que habría de discurrir su obra. Leemos: “Todas aquellas cosas que te interesan y sobre las que piensas terminan por conformar una actitud, una disposición (más que una predisposición, que ya la tenía) determinada. Uno se autositúa de alguna forma con respecto a lo que debe o cree que debe hacer. Y siente, como viéndolo, por dónde debe ir, hacia dónde debe dirigirse. En ese proceso, uno es conducido por un instinto. Es algo interior lo que te lleva allí. Como llamadas, o vocaciones, que se revelan en un momento dado”.
           
Desde entonces hasta hoy la dirección de las preocupaciones fundamentales de Palazuelo no ha cambiado mucho. Con el tiempo descubrió que existían vínculos mucho más profundos de lo que se podría pensar entre aquellos pitagóricos, entre un buen número de los descubrimientos de los autores herméticos más importantes, entre los senderos por los que transitaban algunos místicos y filósofos orientales, así como los descubrimientos de la ciencia moderna. El viaje le había conducido al corazón, al núcleo más profundo de los descubrimientos de la física actual, a propósito de la materia y otras cuestiones. “En mis lecturas, me he encontrado con muchas sorpresas. Por lo pronto, a uno siempre le choca que los que se expresan con más claridad sean siempre los más profundos. Estoy pensando en Böhr, Heisenberg, Schördinger, Einstein, Planck, Eddington... Pues bien, todos estos grandes físicos de nuestro tiempo han tenido trato con la literatura hermética (...). Böhr, sin ir más lejos, tiene en su escudo de armas el yin y el yang. Eddington habla de la materia mental. También Schrödinger”.
 
 

Un rápido vistazo a las lecturas actuales de Palazuelo confirma la vigencia de sus obsesiones: una biografía sobre Foucault, al que siempre ha admirado por lo que tiene de visionario, un libro que trata de Cuestiones cuánticas, las obras de Carlos Castaneda, y, por fin, un ensayo de un escritor inglés Rupert Sheldrake. “Es un tipo que tiene una teoría que denomina (...) resonancia mórfica. Sostiene que la evolución se produce por la habituación de unas formas a otras. La hipótesis del libro me interesó, pero luego su lectura me decepcionó”.

Klee, Mondrian y Kandinsky son acaso las figuras del arte occidental sobre las que proyectar, de alguna manera, el trabajo de Palazuelo. Los reconoce como sus maestros, pero señala también que su camino ha sido distinto. Si se piensa en la intención “interior” del espíritu, que señalaban los de De Stijl, se apunta a uno de los rasgos que gravitan en torno a sus obras. Y es que todas esas figuras geométricas que llenan los cuadros de Palazuelo y que sostienen sus piezas escultóricas apuntan a una actitud cada vez menos común entre los artistas de nuestro tiempo: la de concebir el arte como una vía de conocimiento.

Es un viaje que Pablo Palazuelo ha realizado acompañado por el número. Este “provoca a mi imaginación, la potencia, la activa y la exalta. Su actividad se nota en el cuerpo, en los sentidos, provoca imágenes nuevas”. Y, en efecto, así es como alcanza su obra su dimensión más profunda.

           
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