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| (artículo basado en el artículo “Gordillo juega con Gordillo” publicado el miércoles de junio de 2007, p. 50; en el artículo de Aurora García, “Luis Gordillo. Dibujos 2000-2003 y en las palabras de Rafael Feria que abren el mismo catálogo) |
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Basta asomarse al inicio de la modernidad para palpar cómo el conflicto subjetivo se ha convertido en la médula generadora del arte, sin que eso haya de suponer el mero vuelco emocional. Hay que partir de esta canonización del sujeto para entrar y degustar la obra de Luis Gordillo, y, en especial, para dirimir los distintos pasos de su proceso creador.
Es este el mejor modo para entender su conocida pasión por los dibujos y su consideración de la pintura en el lienzo como un paso de “canonización” que le refrena. No puede olvidarse la influencia del informalismo europeo y el expresionismo abstracto americano en esta búsqueda de lo ambiguo. |
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Como esclarece con agudeza Aurora García sus dibujos “nacen en el terreno de una actividad necesaria y autónoma donde el universo onírico y sensorial aflora sin frenos”, en el terreno de la inmediatez y pluralidad temporal y en el cual la obra carece del peso de lo terminado, sino que queda suspenso en el ámbito del ensayo, del fragmento de algo superior. En el polo opuesto, aunque una categoría no excluya a la otra, sino que se complementan, llega el momento de un trabajo más cerebral que es el que se plasmará en forma de lienzo. El diálogo entre una técnica y otra es constante, y en su seno se genera parte del conflicto mental que lleva al pintor al arte, por lo que “sería factible resumir la (...) [obra] de Gordillo en términos de coherencia en la incoherencia”, la coherencia intrínseca de una obra nacida de la expresión interna del yo. No obstante, que nadie piense que los dibujos de Gordillo son muñecos previsibles, con un simple color, etc., si no que en ellos palpitan formas dislocadas, fotomontajes, etc. De hecho, la fotografía se ha convertido para Gordillo en un objeto de culto que siempre está presente en su trabajo. |
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| Este collage entre toda la realidad, vertebrado en el tiempo a través de las diversas capas que se superponen entre sí, permite adivinar en sus dibujos una personalidad que explora su caos mental, que padece y reconoce sus crisis personales y su interés por el psicoanálisis. “(...) [El] conjunto de dibujos durante 1969-70 están íntimamente asociados a su situación personal hasta el extremo de que ‘en este o en otros casos, [cuesta dirimir] qué iba en primer lugar, si el huevo o la gallina, es decir, si los problemas psíquicos o los estéticos’”. Una inseguridad que se plantea en especial a partir de los años 60 y, más en concreto, con la estética urbana y su orgía de signos, de iconos característicos del pop, etc. Los modos de llevar a cabo los dibujos han ido variando, pero todas las técnicas culminan en la variación de unos motivos que se repiten de continuo. |
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La dualidad de su personalidad: suspensión entre dos extremos contradictorios, entre la duda y el azar va tejiendo su carrera, sus distintas respuestas en el tiempo. No es casual, como reconoce Aurora García, que sus figuras estén siempre en continuo movimiento y cómo en series como “Anticosas” se observen rasgos de finales de los ochenta y algunas cabezas de inicios de los sesenta. Otra serie “gruyère” (empezada en 1983) apela también a su querencia por las formas circulares u ovoides.
La muestra que se realiza en el Reina Sofía hasta el 15 de octubre recoge la Exposición “Iceberg tropical” y supone una nueva redacción de su obra, ya que el criterio que la rige no es el cronológico, por lo que las obras, dada su nueva ordenación, se rodean de otras que las re-significan al someterlas a un nuevo juego de espejos. Estamos entonces ante toda una obra vital como un gran collage, la nueva redacción de una persona.
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