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LUIS CERNUDA
1902-2002
¿Es al peso desmayado de las cosas a lo que llamas
mundo?
¿A una huella joven y sin ansia,
a ese mar de hace un instante,
a la terca claridad que se hace alma o luz casi
llorándola?
¿Llamas mundo a la raíz o al árbol?
¿Llamas odio al tiempo, lo llamas labio
—dichosamente solo—
buscando el cárdeno misterio rebelado
que en cada cuerpo habita?
Dime, ¿morir es nacimiento o es vacío?
¿La luz en medio de la mano, qué tempestades alza;
quién desordena el agua como un nombre,
como un pálpito húmedo de noche?
¿Quién eras, vibración del fuego,
atalaya de rabia y transparencia,
oráculo en derrota, fulgor de la deriva?
Ahora eres tan sólo latido de la tierra,
extraño arroyo en sombra;
eres lo que nunca antes has sido:
rosa, catedral, madera de la sangre, clamor de dios en miniatura,
relámpago vencido y ascua en medio,
murmullo y platería de nubes derrotadas.
Tú lo sabes.
Desolación de la quimera, dirías,
restos de alas.
(de Las máscaras)
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DE PROMESAS QUE NO FUERON
De aquello cuanto hicimos embriaguez y triunfo
apenas una huella de costumbre queda.
Insólito era el tiempo,
tan violento el vaivén de pensar el futuro
que miedo daba ver su lumbre en promesas.
Hasta nosotros vino la descalza tormenta,
el marfil malogrado del cielo en otoño,
el envés de la luz, esa piedra tan larga,
donde olvida el amor su párvula muerta.
Allá la impaciencia era una fortaleza,
un pie de bailarina,
y en la misa del mar, hace ahora tres años,
se frotaban los pechos, casi templos de gloria.
He aquí mi juventud y lo que resta,
mi infancia de búhos, mi memoria de lunas,
tu palabra encalada, mi nostalgia de todo.
Quisimos que así fuera.
La distancia es una yegua con venas de árbol mudo.
Hoy la Historia se escribe con iniciales oscuras.
No volverá a nosotros la métrica del rayo,
ni su aguja de alegría,
ni agosto disfrazado de sexo o de pureza,
ni todo lo que estuvo,
ni aquello que antes fue causa de vida:
ya tan sólo ofreces un latido balbuciente,
un tintero de sangre sin aurora,
apenas una huella de costumbre queda:
la desnuda alfarería de unas sombras.
(de Las máscaras) |
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CESAR VALLEJO
No hay sílaba de indio más quebrada.
No cabe en la mano tanta tristeza, ni en jueves.
No puedes oírme, pero yo te digo.
No puedes oírme aunque te escriba a gritos,
del revés, crucificado,
o deje caer en punta, sobre fieras cúpulas de orden,
una forma azul de corazón, un pan recién nacido.
*
Ignora el pájaro tu pecho forjado en la ternura,
el linaje de tu frente con querencias a la noche.
Ignora el fulgor del cáliz tu cadáver de pobre con corbata.
El miedo ignora que su sangre fue antes lágrima en tus venas.
*
Quisiera para tu gloria la ciencia prieta de una rosa.
Quisiera para esta tarde el álgebra de tu extravío.
Quisiera el amor sin dinamita...
pero más allá y más cerca de cuanto la luz esconde,
quisiera en el surco de tu nombre, y en tu costado mestizo,
y en tu estatura con hambre, fundar una hermandad oscura
como la carta astral de los naufragios.
(inédito) |
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RIMBAUD EN EL OCASO DE ABISINIA
¿Qué queda de tanta infancia fiera sino esta herrumbre calcinada? ¿De qué nostalgia te alimentas? ¿De qué esperanza has hecho oficio? ¿Quién podrá salvarte de tu cuerpo solo, de tus pocos años, de ese amor perdido en otro tiempo y aún vivo de venganza? Alguien bebió en tu mano el odio que reparte. Jamás tuvo un idioma huésped más ardiente. Tirabas de una gloria de hogueras decayendo y en tu sonora estirpe hubo un aire sin principio, un festín macabro de puñales ciegos. Muy pronto descubriste que los hombres no perdonan la inocencia y es el amor un mendigo fumando despeinado cuando lame la sangre las aceras. Ya la noche no basta, fingieron ser más fuertes las vocales. No basta la vida ni el opio minucioso que entreabre el corazón. Hay que lanzar más lejos el grito innumerable, huir de esta vejez anticipada, arrancarse el hábito de la evidencia. La belleza es un muchacho que instaura con su muerte el medallón del horizonte, como otras tantas tardes. La belleza es una culpa y una playa de astro en vilo donde nunca se han posado las palomas. Pero tú la sentaste en las rodillas, te acercaste a ella escupiendo, pero en ti duerme el polen de la culpa, y la estrofa o la angustia de la palabra sin hora. ¿Qué es el miedo sino armonía desuniéndose, este arpegio de mudez que suena donde vivo? París se te hizo jaula y aún era de día para las despedidas. Aullaste un verso último allí donde el exilio es una alfarería de absenta y de temblores, noche adentro buscando el aguarrás de las tabernas. Sonó tu voz drogada hasta la quiebra como una ruina tibia, como un cuarzo apagándose, también como una ortiga, como un humo de kif que te desciende el pecho, súbito de cosas nuevas. Atrás quedó Verlaine, tan tuyo que no existe. Por toda mercancía llevaste una tristeza y una sortija de amnesia repitiéndose en tus dedos. Lo nuevo era el desierto, la higuera del origen, la luz de la evasión y sus momentos. Ahí quedáis, mis tercos fantasmas de sílice, mi memoria de carbunclo antepasado, mis obedientes escombros, ahí quedáis, en el cepo amargo de una infancia que desprecio. La nada es mi conciencia y mi clausura. El ocaso en Abisinia es un ámbar recamado, cetrería de ponientes que bien merecen ser capitular de todo fin, de todo fuego. Con los ojos hechos menta, encendido acordeón de la derrota, cada vez siento más cerca el alto oficio del olvido.
(inédito) |
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ANTIORACIÓN
Ahora que la música todo lo ciega, lo corrompe todo, arrasa cuanto toca y no hay ardor que no sucumba a la jaula de sus guantes, apaga la luz, haz bóveda el mundo. Que no te prenda el anzuelo del sueño. Disfruta la multiplicada ausencia de lo que hoy has visto: libros, calles, trenes, un niño bendiciendo un tobogán con risa ajena al epitafio, el trasluz de amantes en su hoguera, una quiromancia de hombres sin mañana, quizá un mañana ya sin ti en los espejos. ¿Quién inventó la fe, qué dedo en penumbra? ¿Quién es quién en las afueras de la nada? ¿Qué divinidad extrajo de la vida la resina de la muerte, qué dios aún intacto, qué viejo oficio es ese? Alguien dijo que el invierno es una ciencia de flores desquiciadas, la condena de quien sana su esguince con la duda, y bebimos de su corazón como las bestias, con paciente plegaria de sed, domesticados, con la angustia en paralelo a nuestras bocas, apurando la miel total de la intemperie, malgastando eternidad en su cantera de salmos, en el tremendo altar de su impresencia. Así has acumulado una turba de mendigos, ciegos, madres, osarios, multitudes a tientas bajo tu palio de siglos, todo espasmo y frío repitiendo un mismo conjuro hasta hacer del infierno alimento, de la oquedad penitencia, del limón del pecado un agrio madero. Antes de tocar el sueño hay un instante sin nombre donde la vida se hiela y un tábano acelera la sangre con aspas de jazmín oscuro. Niega por tres veces el miedo, aleja su violín de estramonio. Desaloja de tu noche el hollín de toda culpa, mira qué distintas tus dos manos si acarician tentaciones. Olvida esa tristeza numeraria, rechaza su alcanfor. No temas la funesta salmodia cuando estrelles el cáliz, pues toda profecía lleva en sí su precipicio, la ebria estalactita de su maldición.
(inédito) |
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