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Artículo aparecido en The Economist el 10 de abril de 2003
El hombre anuncio apuesta por la belleza de las bestias
En un reciente tour por la nueva galería Saatchi de Londres, que abre el 17 de abril, un guía señalaba las características de las oficinas centrales de Ken Livingstone en la orilla Sur del río Támesis. County Hall es donde, Charles Saatchi, un magnate de la publicidad y corredor de karts, ha instalado su colección de arte contemporáneo. “Cuando nos mudamos aquí”, decía con entusiasmo el guía, señalando al techo de la sala central con forma de Panteón, “tuvimos que quitar 50 palomas muertas del lucernario”. ¿Por qué se molestaron en hacerlo? ¿No habrían enriquecido los cadáveres de los pájaros la colección, ocupando su lugar en esta reserva, junto con las vacas, cerdos y ratas, por no hablar del tiburón?
El señor Saatchi es, por supuesto, famoso por coleccionar BritArt (Arte Británico): la obra de los ya no tan jóvenes artistas británicos, que llegaron a su mayoría de edad a finales de los 80 y principios de los 90 con el neoconceptualismo y las instalaciones del horror que repetían como loros a Marcel Duchamp y proclamaban que el arte era cualquier cosa que los artistas decían que era arte. En el caso de Damien Hirst, arte era un tiburón muerto dentro de una vitrina; “Au Naturel” de Sarah Lucas consistía en un colchón adornado con melones, naranjas y un pepino; para Tracey Emin arte era una cama deshecha. |

El señor Saatchi pagó grandes sumas por todo esto y, hombre anuncio hasta los huesos, atrajo una publicidad enorme, mostrando el tiburón del señor Hirst en su primera galería en el Norte de Londres y exhibiendo más tarde al artista-tiburón y sus compañeros en “Sensation”, una retrospectiva grupal en la Royal Academy en 1997, y provocando a un espectador a arrojar huevos sobre las pinturas.
Al mismo tiempo, decían que aquello era muy radical. Los fans del BritArt defendían que éste había conseguido que el arte contemporáneo fuese popular en Gran Bretaña por primera vez. Ahora parece simplemente viejo. En particular, el tiburón necesitaría algo de botox. La cabeza de vaca comida por moscas que se autoinmolaban en una trampa eléctrica extiende su olor en el que fue en tiempos el comedor del señor Livingstone. Quizá, el señor Saatchi, conocido bromista, lo encuentra gracioso.
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Quizá esté parodiando la noción de patrimonio, preservando el suyo propio en gelatina, como en el banquete de bodas de Miss Havisham, excepto que aquí la mayoría de los bichos están muertos. Hay muy poco sentido de vida o arte joven en el edificio –sólo una diminuta sala muestra la obra de unos pocos artistas nuevos que el señor Saatchi quiere lanzar. Mientras tanto, algunas pinturas exquisitas de artistas mayores y menos sensacionalistas como Peter Doig y Paula Rego cuelgan extrañas y bastante abandonadas en las esquinas.
El señor Saatchi espera que su colección atraiga a 750.000 personas al año. Pero si los visitantes de las atracciones locales, como el vecino Aquarium de Londres, desembolsarán 8,50 libras para ver este arte, depende de si prefieren el pescado fresco o congelado. Dado que un McDonald’s y un Starbucks flanquean la colección, el señor Saatchi, el rey del envasado, podría tener suerte. Que no cuente con ello, sin embargo.
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