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Peter Redgrove (1932-2003) es una rara avis dentro del panorama de la poesía inglesa contemporánea. Autor prolífico, su exuberancia y excentricidad (en más de un sentido de la palabra: vivió durante más de treinta y cinco años en Falmouth, Cornualles, en el extremo sudoeste de la isla, donde fue profesor de arte en el renombrado Falmouth College) parecen haber impedido una lectura crítica atenta y generosa. Relacionado en un principio con Ted Hughes y Sylvia Plath, su poesía, especialmente desde Dr. Faust’s Sea-Spiral Spirit (1972), es de una profunda originalidad temática y expresiva. Redgrove es un poeta eminentemente sensual, obsesionado por la riqueza y multiplicidad del mundo físico, empañado en celebrar cada uno de sus detalles y fundirlos de la mano de la exaltación sensorial. Si Charles Tomlinson, por poner un ejemplo conocido, es un poeta de la mirada, Peter Redgrove es el poeta del olfato, del gusto, del tacto.
Amante de la hipérbole y el humor negro, sus poemas son una celebración del extrañamiento y la sinestesia. A ello no es ajeno un componente onírico que acerca el trabajo de Redgrove al de los surrealistas, no obstante el fuerte esqueleto narrativo que rige sus textos. Si sumamos a esto su gran riqueza léxica, es fácil adivinar las dificultades que esta obra plantea para el traductor. Por esta razón incluyo alguno de sus poemas más sencillos y despojados, que pueden dar, creo, una imagen aproximada de sus virtudes y méritos. Por otro lado, a Redgrove es preciso leerlo en una buena antología que deslinde el oro de las numerosas páginas donde el exceso de imágenes y la intensidad de la percepción apabullan o inhiben al lector. |
Nada ilustra mejor este carácter «excesivo» que su método de composición, del que ha dejado cumplida descripción en un famoso artículo, «Redgrove’s Incubator». Algo dije sobre este método en el ensayo «El baile del poeta», del que no me resisto a entresacar estos dos párrafos, que relatan una práctica de taller realmente asombrosa:
«El principio básico [de Redgrove] es que el proceso creativo consta de diversas etapas. A cada etapa corresponde un cuaderno diferente: uno primero, llamado Diario, en el que Redgrove anota todo tipo de estímulos: imágenes, citas, ideas, sueños; a este cuaderno le sigue otro llamado Imaginario, al que van a parar ‘las imágenes más musculosas, las metáforas más voraces, los extraños ciempiés del pensamiento’. Una vez incubado, este material se organiza en un tercer cuaderno. Aquí la tarea es doble: en la página izquierda aparece un primer borrador en prosa; en la página derecha, el borrador incorpora la partición del verso. |

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Cuadernos posteriores exhiben borradores cada vez más trabajados, que un buen día desembocan en lo que Redgrove, a regañadientes, llama ‘versión final’.
Lo más curioso de este hábito creativo es que Redgrove dedica una o dos horas al día a cada uno de estos cuadernos: diario, imaginario y borradores pasan por sus manos en un proceso que abarca el trabajo de lustros. Aclaro enseguida este punto: Redgrove deja pasar meses e incluso años entre diferentes borradores de un mismo poema. Así, incorpora a su diario las imágenes e ideas del día; abre luego el imaginario por páginas de un año de antigüedad; corrige un borrador en prosa escrito dos años antes, y el primer borrador en verso de otro poema aun más antiguo. Y así sucesivamente. De este modo, pueden pasar de cinco a diez años hasta que un poema adquiere forma final, y en cada instante el escritor puede tener en sus ficheros centenares de textos inconclusos. Obviamente, no todos los borradores desembocan en un poema ni todas las versiones finales terminan viendo la luz, pero el porcentaje de logros es lo bastante amplio como para dar trabajo simultáneo a varias imprentas.»
A la luz de estas líneas, no resulta extraño que su bibliografía sume cerca de treinta libros de poesía, entre los que destacan The Collector and Other Poems (1960), At the White Monument (1963), Dr. Faust’s Sea-Spiral Spirit and Other Poems (1972), Sons of my Skin (1975), The Weddings at Nether Powers (1979), In the Hall of the Saurians (1987), My Father’s Trapdoors (1994) y Assembling a Ghost (1996). El lector que vea despierta su curiosidad por esta breve selección puede encontrar lo mejor de su obra en un volumen editado por Penguin en 1989 con el sobrio título de Selected Poems. Sus últimos poemarios, publicados por Cape, son fácilmente accesibles.
Asimismo, tradujo a Rimbaud y escribió novelas y obras de teatro para la radio. Su dedicación de casi medio siglo a la literatura le hizo merecedor a mediados de los noventa de la Queen’s Gold Medal for Poetry, galardón en el que algo tuvo que ver su antiguo amigo y Poeta Laureado Ted Hughes, quien desde siempre mostró admiración por el talento y la imaginación de Redgrove. Ojalá estas traducciones, que han tratado de crear poemas análogos y autosuficientes en español, sean capaces de despertar la misma o parecida admiración en los lectores. |